Calle Tamasite

 

El Ayuntamiento de Tuineje lleva tiempo homenajeando a personas que fueron significativas en la vida local. Sus nombres en las calles, acompañadas de una placa explicativa, refleja de muchas maneras el reconocimiento de sus vecinos. Existe una calle que conmemora la hazaña histórica que en 1740 vivió la localidad, un enfrentamiento con los ingleses que acabó bien para los majoreros: la batalla de Tamasite.

 

 

Calle Tamasite

 

La calle Tamasite no es larga, como no lo son la mayoría de las calles de Tuineje. Pero todo en la localidad parece recordar un hecho histórico singular que se conmemora cada año con una fiesta popular que recrea la famosa batalla de Tamasite, que se llama así porque tuvo lugar al pie de la montaña del mismo nombre.

En 1739 Inglaterra declaró la guerra a España atacando sus enclaves coloniales con el apoyo de Portugal. Los navíos apresados eran llevados a la isla de Madeira para ser vendidos. Parte de esta ofensiva se centró en las islas canarias, sin ejército regular hasta prácticamente el siglo XIX y con unas playas arenosas en la que resultaba sencillo desembarcar al carecer los territorios de estructuras de vigilancia y defensa.

Don Antonio de Bethencourt dejó constancia en el Archivo General de Simancas de los ataques de corsarios ingleses sufridos por Fuerteventura. Estas anotaciones remiten al anuncio hecho en junio de 1740 en algunos periódicos de Boston informando de que se estaba equipando una corbeta “grande y de calidad, para ir en busca de los españoles”. Se la llamó Vernon, en honor al almirante inglés, y tenía capacidad para llevar catorce cañones y una tripulación de 75 hombres. Estaba capitaneada por un tal Willes, y los corsarios ingleses eran jóvenes y veteranos de guerra que se enrolaban en los puertos americanos para abastecer con lo sustraído a la Colonia inglesa en el nuevo continente.

El 13 de octubre de 1740, unos cincuenta hombres desembarcaron en la zona de Gran Tarajal y desvalijaron la zona de Tuineje. Liderados por el teniente coronel Sánchez Umpierrez, que era la máxima autoridad en la isla (al no haber ejército profesional, se formaban patrullas locales reclutando varones en edad de luchar), los majoreros los hicieron frente con palos y piedras. En la batalla, conocida como de “El Cuchillete”, perdieron la vida 33 de los 55 corsarios que habían desembarcado y los demás fueron capturados y llevados a Tenerife. Por la parte majorera, sólo hubo tres fallecidos a los que se recuerda con orgullo: Agustín de Armas, Diego Chrisóstomo y Juan de Oliva.

Esta refriega, en la que se incautaron bastantes armas muy novedosas en la isla, sirvió a todos de aviso ante posibles desembarcos. No se equivocaban porque un mes más tarde los piratas volvieron a repetir la incursión. Los que desembarcaron el 24 de noviembre procedían del barco Sant Andreu y estaban al mando de un personaje conocido como Davidson. El buque se construyó en Jamaica y había partido el 16 de junio de ese mismo año desde el puerto de Newport en Rhode Islad con 75 hombres de los que sólo 55 desembarcaron en Gran Tarajal. Tras recorrer catorce kilómetros llegaron de nuevo a Tuineje con intención de arrasarlo. Lo encontraron vacío y los majoreros les interceptaron en un descampado cercano, en una zona conocida también hoy como Llano Florido, a los mismos pies de la montaña de Tamasite. Esta vez tenían ya una estrategia diseñada por el mismo teniente coronel Sánchez Umpierrez, al que también se han dedicado calles en varias localidades de la isla.

Pertrechados de palos, piedras y algunas armas requisadas el anterior combate, se enfrentaron a los ingleses poniendo a los camellos de que disponían en primera línea de fuego con el fin de mermar la munición de sus oponentes. Luego se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo en el que los majoreros estaban muy bien entrenados ya que algunos de sus juegos ancestrales, como la lucha canaria y los deportes del palo y el garrote, eran ejercicios que exigían mucha fuerza y habilidad. Así consiguieron acabar con todos los invasores, los corsarios no volvieron a acercarse a las costas de Fuerteventura y a los camellos se les consideró desde aquel momento como soldados y héroes de guerra. Es sencillo percatarse de ello. La escultura de un libro abierto que conmemora la hazaña, un cañón y un camello a las puertas del mismo templo de San Miguel Arcángel (la iglesia de la localidad donde una pintura ilustra la batalla) se lo recuerdan a todos los visitantes. Los majoreros lo conmemoran cada trece de octubre, y desde hace infinidad de años, con una celebración multitudinaria que recibe el nombre de Fiestas Juradas de San Miguel Arcángel y ha sido reconocida como Bien de Interés Cultural (BIC) y Bien de Interés Turístico Regional y Nacional. Durante las mismas, los vecinos participan y recrean la batalla de Tamasite (desembarco en Gran Tarajal incluido) ataviados con trajes de la época.

Los ataques a las islas canarias finalizaron en 1797, con la derrota de Nelson en Santa Cruz de Tenerife. En lo que respecta a Fuerteventura, el temor a nuevas incursiones de piratas hicieron precisa la llegada el ingeniero militar Claudio de Lila y así  se aceleró la construcción de las torres de Caleta de Fuste, Tararalejo y Tostón.

 

Rosario Sanz Vaquero

 

 

Calle Amanay

 

El Ayuntamiento de Tuineje decidió hace unos años colocar una plaza debajo de los letreros de algunas de sus calles con denominación más significativa. Se trataba, como es lógico, de acercar a los transeúntes a aquellos nombres que no habían sido elegidos al azar sino que respondían una razón específica: homenajear o recordar a una persona, a un producto, a una zona específica del litoral majorero o a una voz rescatada del lenguaje de los guanches que se fue transmitiendo a través de los siglos.

En esta línea podemos encontrar que Gran Tarajal rinde homenaje también a “Don Antonio, el Maestro”  a “Juan, el Patrón”, o a “Pepe, el Carretero” a cuyos personajes nos iremos refiriendo en sucesivas publicaciones. Hoy vamos a acercarnos a la calle Amanay.

 

 

 

Calle Amanay

 

 

 

 

En lenguaje prehispánico, Amanay significaba “agua que da vida” y nos remite a una playa de singular belleza al pie de unas montañas de las que brotaba un agua dulce que los aborígenes majoreros recogían para beber y cocinar. Podemos encontrarla al norte de la zona conocida como La Pared y no muy lejos y bastante enfrente del Mirador Astronómico de Sicasumbre.

En las cercanías se localiza el barranco del mismo nombre, en lo que hoy es una zona bastante deshabitada de la parte occidental del municipio de Pájara, de una orografía muy compleja y accidentada que presenta uno de los estados evolutivos más erosionados de todo el archipiélago canario. Casi siempre se dedicó al pastoreo y en el último tercio del siglo XX fue campo de tiro militar mientras la Legión tuvo su sede en Fuerteventura.

 

El topónimo Amanay, que da nombre a esta calle ubicada en pleno centro de Gran Tarajal, aparece por vez primera en el mapa que el ingeniero italiano Leonardo Torriani dibujó de la isla de Fuerteventura a finales del siglo XVI y al hacer referencia a uno de los pocos puertos practicables en la costa oeste de la isla, es citado mucho en la documentación antigua.

Con la misma ortografía actual de Amanay aparece en el exterior del mapa que Briçuela y Casola hicieron de la isla en el primer tercio del siglo XVII.

Años más tarde, en un informe del alcalde mayor de Fuerteventura de 1719 se decía, con la ortografía propia de la época, tan distinta de la de hoy,  que "el puerto de Amanai solo se frecuenta de varcos de pesca que allí llegan, y en él no ai trajín ni peligro considerable por la gran distancia de los pueblos".

En la descripción de puertos y playas de la isla que hace a mitad del siglo XVIII Antonio Riviere se dice que en la caleta nombrada Manay "ai agua, manantial y salubre, no ay poblazión, y es desierta". Como Amanay vuelve a nombrarlo este mismo autor en la descripción de las atalayas desde las que se vigilaba la isla entera "día y de noche con horden de comunicar las novedades que descubran", y como Punta de Amanaí lo escribe en el mapa que él mismo dibujó de la isla de Fuerteventura.

También aparece reseñado como puerto de Amanay en el mapa de Quesada y Chaves, que data de la segunda mitad del XVIII.

 

Escrito de maneras diferentes, pero muy similares, es totalmente reconocible en la etimología bereber y su significado vendría a describir un lugar alto desde el que se domina una amplia perspectiva, lo que deja entrever que debió ser también una especie de atalaya defensiva para proteger la costa oeste de Fuerteventura. Y en efecto, la región denominada Amanay está en el extremo occidental de la isla y es una geografía de muchas alturas panorámicas. Incluso en la costa en que desemboca el barranco hay una Cresta de Amanay que justificaría ese significado. Habría que añadirle esas pequeñas cumbres que derramaban sobre los majoreros un agua codiciada en una isla que estaba abocada a las frecuentes sequías. Un lugar privilegiado, en definitiva, digno de recordarse en el callejero de Fuerteventura.

 

 

Rosario Sanz Vaquero

 

Calle de la Barrilla

 

En el barrio de Los Pozos, en la capital de Fuerteventura, y junto a calles como Puerto de Cabras o Calle del Cosco, encontramos una que lleva el nombre de Calle de la Barrilla. Hace referencia a una planta conocida técnicamente como “salsola kali”, es originaria de Sudáfrica y está extendida por todo el mundo habiendo procurado en tiempos remotos una multitud de beneficios que hoy nos resultan difíciles de calibrar. Se presenta como un vegetal humilde que crece en terrenos más bien pobres y de secano, pero de su combustión se extraía un elemento fundamental para elaborar, entre otras cosas, el jabón.

En Canarias proliferan de manera generosa sobre todo en el litoral costero (franja de vegetación que abarca los primeros cincuenta metros de altitud). Estamos hablando de un organismo halófilo, lo que significa que se desarrolla perfectamente en ambientes con abundancia de sales, lo que hace referencia tanto a las que impregnan la tierra como a las que flotan en el aire, así que qué mejor para crecer que hacerlo al borde del mar, en un entorno tan rico de este elemento como son las islas Canarias.

Para defenderse del exceso de sal, este tipo de plantas utilizan dos mecanismos. Uno es el de la suculencia, que consiste en llenarse de agua volviéndose carnosas al equilibrar de esta manera la concentración de sales. Son ese tipo de plantas que se conocen como “suculentas” y que nos llaman la atención porque parecen estar siempre hinchadas. El otro mecanismo de protección consiste en expulsar el exceso de sal por unas glándulas que se encuentran en las hojas. Es como si, de alguna manera, las plantas sudasen y a veces podemos verlo en forma de pequeñas gotas grisáceas que se acumulan en su superficie.

Viven a ras del suelo para evitar ser dañadas por las corrientes de aire y sus ramas tienen forma de rombo o espátula. Al principio son verdes, pero con el tiempo se vuelven rojizas y los cristales con los que se adornan hacen que en algunos lugares se las conozca como “yerba de vidrio”.

Una vez recogidas y quemadas, se obtenía de ellas una especie de ceniza que contenía una gran acumulación de sales alcalinas de las que se extraía la sosa. Esta se exportaba desde el archipiélago hasta Europa, y era muy apreciada sobre todo en Inglaterra, donde servía para elaborar los jabones que empezaban a proliferar como artículos de tocador en las casas adineradas. Después, sería sustituida por otros productos químicos que abaratarían su coste y contribuirían a popularizar las nuevas costumbres higiénicas.

Al parecer, se necesitaban quemar dos toneladas de vegetales secos, en una hoguera continuada que debía durar casi tres días, para obtener unos cincuenta kilos de piedra de sosa. Se vendía muy bien pues, además de para la elaboración de jabón, servía como ingrediente principal para la fabricación de vidrio y también para blanquear artículos de origen textil, como el papel y la ropa. La ceniza de la barrilla contenía una gran cantidad de ácido oxálico. Mezclada con cal y arena se obtenía vidrio. Barrilla más aceite era igual a jabón. También servía para preparar una mezcla en la que se mantenían sumergidas las aceitunas, debidamente cortadas, hasta que perdieron su sabor amargo y se hicieran comestibles.

Como colofón a sus numerosas utilidades, en épocas de penuria y tanto en Fuerteventura como en Lanzarote sus semillas se recogían y se tostaban para convertirse después en una especie de gofio. Valiosa y modesta planta, la barrilla, y digna de figurar en los callejeros de la isla junto a nombres más célebres y conocidos.

Plazoleta Lázaro Rugama Nieves

 Al Ayuntamiento de Puerto del Rosario se accede por una pequeña plaza que rinde homenaje a don  Lázaro Rugama Nieves, primer alcalde del Consistorio que se constituyó el 1 de febrero de 1835, asistiendo como secretario el chicharrero Juan Pedro de Alba. En ella también se puede contemplar el conjunto escultórico del que es autor don Emiliano G. Hernández, compuesto por varias cabras en homenaje a la anterior denominación de la capital majorera. El historiador don Francisco Javier Cerdeña Armas nos permite acercarnos a esta figura señera que nació en 1786 en La Orotava (Tenerife) y fue edil del Ayuntamiento capitalino hasta el año 1948. Don Lázaro Rugama Nieves era hijo de don Juan Francisco Rugama Castañeda, natural de Escalante (Cantabria), quien contrajo matrimonio en Tenerife con doña Isabel de Las Nieves Arbelo. De esta unión nacieron varios hijos y Lázaro llegó a Fuerteventura a finales del siglo XVIII, junto a cincos de sus hermanos (Martín, Miguel, Francisco, Ángel y Diego). Todos ellos ejercían funciones recaudatorias para el Obispado, del que Lázaro era administrador subalterno en la isla, ejerciendo también como capellán su hermano Miguel. Don Juan Francisco Rugama Castañeda se estableció hacia 1700 en el municipio de Casillas del Ángel, promoviendo junto a Miguel Blas Vázquez la que sería iglesia de la localidad. Tal fue su influencia que el escudo de armas de la familia Rugama se encuentra grabado en piedra en este templo. Lázaro fue también apoderado de las casas comerciales de La Orotava, en Tenerife, su localidad natal, pero fijó su residencia en Puerto Cabras, que pasó a denominarse Puerto del Rosario a partir de 1956. Su casa, que hoy ya no existe, estaba en la calle León y Castillo. Pero lo que quizá más fama dio a la familia fue la casona y la finca solariega de los Rugama, ejemplo de la arquitectura señorial rural de aquellos años. Se ubicó en Casillas del Ángel y hoy es un conocido restaurante. El que fue primer alcalde de Puerto del Rosario siempre se mostró muy receptivo a los problemas de sus vecinos. De hecho, promovió la construcción de su parroquia, dedicada a Nuestra Señora del Rosario, lo que sin duda acabaría influyendo en la futura denominación de la capital majorera. El templo se inauguró bajo su mandato, a finales de enero de1906 y poco después tuvo el honor de ser visitado por el entonces ministro de Marina y por el propio Rey Alfonso XIII.

Calle La Practicanta Chanita Suárez

 El “Festival Internacional de Payasos Tran Tran”, que desde el año 2010 y hasta el momento de la pandemia se ha venido celebrando en Gran Tarajal cosechando gran éxito, tiene como emblema a una figura femenina que con unas divertidas coletas y un vestido rojo de lunares responde al nombre de Chanita. Pero en esta localidad hay una Chanita algo menos conocida, la que da nombre a la calle “Practicanta Chanita Suárez”, y a este singular personaje vamos a acercarnos. Calle Practicanta Chanita Suárez Chanita Suárez nació en Gran Tarajal el 23 de diciembre de 1922, en vísperas de la celebración de la Nochebuena. No lo tuvo fácil en la Fuerteventura de aquellos años. Nieta de don Juan Suárez Rodríguez, al que de alguna manera se considera uno de los fundadores del municipio de Tuineje, a la majorera le tocó de vivir algunos de los episodios más convulsos de nuestra reciente historia, entre ellos la guerra civil y la complicadísima posguerra. Recibió en el bautismo los nombres de Dolores Sebastiana Suárez López y pasó sus primeros años en el poblado que se había ido formando en torno a los hornos de cal de La Guirra, en la costa este del municipio de Antigua. Se trataba de un negocio familiar que regentaba su padre, don Vicente Suárez Ruiz, casado con doña Zoila López Rodríguez, hija a su vez del terrateniente de Gran Tarajal don Matías López Hernández. En la conocida como “casa grande” de La Guirra crecieron, junto a Chanita, sus hermanos Vicente, Juan y Matías. Estudiar era una tarea complicada en Fuerteventura pues en 1927 había cinco escuelas de niños, tres de niñas y trece mixtas para una población de unos doce mil habitantes repartidos por una isla de 1.695 kilómetros cuadrados. Chanita y sus hermanos aprendieron sus primeras letras junto a los hijos de los empleados de los hornos de cal de La Guirra: su maestro, don José Álvarez, era un peón aventajado que su abuelo había contratado para enseñarles lo más elemental. A los ocho años pudo ir a la escuela de Antigua, poco después también acudirían sus hermanos. Vivían en la casa de su abuelo Juan, junto a su tercera esposa, una mujer a la que Chanita llamaba “tía Juana”. Sus padres utilizaban el Ford del abuelo y se desplazaban a veces desde los hornos de La Guirra para pasar unas horas con la familia al completo. Esta situación se prolongó hasta que Chanita cumplió los doce años, con excepción de los veranos, cuando todos se reunían en La Guirra porque ya no tenían que acudir a la escuela. La ausencia intermitente de la madre, a la que Chanita siempre reconoció que había echado muchísimo de menos, hizo que tomase especial cariño a su primera profesora en Antigua, doña Esperanza Godó, una aragonesa que había sido destinada en Fuerteventura. Los maestros de entonces, en cuyas casas no solía haber ni luz eléctrica ni agua corriente, viajaban en barco a Gran Canaria y desde allí se trasladaban a Fuerteventura a bordo de los conocidos como “correillos” que llegaban hasta Puerto de Cabras, entonces la capital, o a Gran Tarajal, para desembarcar mercancías y viajeros. Aquella maestra debió ver compensada su vocación docente en Fuerteventura pues tras ser trasladada de nuevo a la Península, siguió manteniendo correspondencia con sus antiguas alumnas de Antigua. Las cartas, que al final sólo intercambiaba con Chanita, se conservan como un muestrario de los usos y costumbres de la época, pero sobre todo, como un reflejo del especial afán de doña Esperanza para seguir el progreso de sus alumnas en los estudios y servirles de apoyo y estímulo en su vida adulta. En 1935 los hornos de cal atravesaron una profunda crisis y los padres de Chanita decidieron cerrarlos y trasladarse a vivir a Gran Tarajal. Allí siguió estudiando, primero en la escuela de niñas que llevaba la maestra doña Lucía de Saá y más tarde recibiendo clases particulares del profesor granadino don José Jiménez, que volvió a la Península al estallar la guerra civil. En 1937 Chanita mantenía aún correspondencia con su profesora de Antigua y ese mismo año obtuvo en Las Palmas su primer título de Bachillerato. En aquellas cartas, Chanita le relataba a su maestra las dificultades que encontraba para que sus padres le permitieran seguir estudiando. Era la única hija de la familia (sus hermanos eran varones, y tuvieron más facilidades para desplazarse a estudiar) y los progenitores consideraban que debía quedarse junto a ellos como mandaba la tradición hasta entonces. Pero su empeñó se mantuvo firme ya que se graduó en Enfermería con 32 años y doce meses después obtuvo el título de Bachillerato Superior. No se casó ni tuvo hijos y dedicó todos sus esfuerzos a asistir a la población majorera en unos años de tremendas penurias. Aunque ejerció ocasionalmente de comadrona, fue sobre todo practicante, y como tal era conocida y se la reclamaba en muchos puntos de la isla. Su afán por aprender no finalizó ya que con 49 años se hizo maestra y con 62, en una época en la que no abundaban en Fuerteventura los títulos universitarios, se licenció en Psicología, carrera que ejerció desde 1996 hasta 2002, después de haberse jubilado como practicante. Gran Tarajal tenía apenas dos calles cuando Chanita era una niña. Hoy tiene muchas más y una de ellas rinde un emotivo homenaje a la que todos conocían como “la practicanta”

 No parece extraño que los aledaños del emplazamiento militar de Puerto del Rosario hayan dedicado sus calles a ensalzar las figuras de Viriato, Juan de Austria o Hernán Cortés, por poner un ejemplo. Los recordatorios a coroneles, comandantes o almirantes son también habituales por esa zona. En esta ocasión vamos a referirnos a la calle Gran Capitán, una figura recordada por todos gracias a las enseñanzas que recibimos de niños. También un personaje real, de carne y hueso, que a veces recordamos vagamente pero que en realidad fue alguien decisivo en nuestra pasada historia. 

Calle Gran Capitán

 Don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enrique de Aguilar se ganó el sobrenombre de “Gran Capitán” por sus destacadas dotes para el combate. De hecho, el Tercio de la Legión Española acuartelado en Melilla lleva su nombre. Fue pariente de Fernando el Católico, y de noble cuna, por tanto. Nació en el castillo de Montilla el 1 de septiembre de 1453 y pertenecía a la nobleza andaluza encarnada en la Casa de Aguilar al ser el segundo hijo del caballero don Pedro Fernández de Aguilar, que murió a edad temprana y de doña Elvira de Herrera y Enríquez, prima a su vez de doña Juana, reina consorte de Aragón. Junto a su hermano mayor fue educado en Córdoba bajo la supervisión del caballero don Pedro de Cárcamo y desde muy joven se vio incorporado al servicio de don Alfonso, hermano de la que luego sería Isabel I de Castilla, en calidad de paje. El fallecimiento del príncipe lo llevó a abrazar la causa isabelina, participando en la Guerra de Sucesión Castellana, donde ya empezó a despuntar como brillante militar, unas dotes que la reina católica apreciaría siempre. Se casó con su prima doña Isabel de Montemayor, que murió al alumbrar a su primer hijo, recibiendo como regalo de boda de su hermano la alcaldía de Santaella. Allí fue hecho prisionero por su primo y enemigo, don Diego Fernández de Córdoba y Montemayor, que lo retuvo en el castillo de Cabra hasta que en 1476 los Reyes Católicos intercedieron para que fuese liberado. Sus apellidos eran ilustres y su reconocimiento en las batallas en las que participaba iba en aumento, pero donde más destacó fue en la larga contienda para poner fin a la presencia musulmana en España. Entre sus hitos más destacados se encuentra el feroz asalto a Montefrío, donde fue el primero en encaramarse a la muralla defensiva, y la toma de Loja, donde consiguió hacer prisionero al monarca nazarí Boabdil. Era tan querido por su tropa que se cuenta que durante una de las últimas escaramuzas nocturnas a las puertas de Granada, se cayó del caballo y consiguió ponerse a salvo gracias a un leal servidor que perdió la vida en el intento. Contrajo segundas nupcias con doña María Manrique de Lara y Espinosa, del linaje de los duques de Nájera y Dama a su vez de la Reina Isabel de Castilla. Con ella tuvo dos hijas, Beatriz y Elvira Fernández de Córdoba, siendo esta última la que heredó sus títulos y propiedades. A principio de 1492 se encargó de llevar la negociación es para la rendición final de Granada, recibiendo en agradecimiento una encomienda de la orden de Santiago y el señorío de Órgiva (Granada), además de determinadas rentas a cuenta de la producción de seda granadina. Participó en dos expediciones a Italia para defender los intereses españoles y durante todos los enfrentamientos demostró una maestría novedosa en el manejo de la infantería, la caballería y la artillería, sin prescindir del apoyo naval. Se centró más en la infantería, y la reorganizó en coronelías que serían el embrión de los futuros tercios españoles. Tras el fallecimiento de la reina Isabel, Fernando el Católico lo destituyó al hacerse eco de los rumores que le acusaban de haberse apropiado de fondos de guerra durante las campañas italianas. No parece que le pidiese explicaciones, pero el Gran Capitán decidió rendírselas para rehabilitar su imagen. Estas cuentas se conservan en el Archivo General de Simancas y han dado pie a la leyenda de “las cuentas del Gran Capitán” y a su consiguiente refrán porque en ellas detallaba infinidad de gastos, pero al final escribía escuetamente: “…..y finalmente, por tener la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados”. Retirado en Loja, regresó a Granada en agosto de 1515, tras sentirse enfermo, y allí falleció el 2 de diciembre de ese mismo año. Sus restos mortales acabarían reposando, junto a los de su esposa, parte de su familia y numerosos trofeos de guerra, en la cripta del monasterio granadino de San Jerónimo. En la Guerra de la Independencia su tumba fue profanada desapareciendo, entre otras muchas cosas, su calavera y su espada de gala. Lo que acabó sucediendo con sus restos daría para escribir una novela de aventuras, o de terror más bien, porque después de sucesivas exhumaciones y trasiegos (incluso en 1848 se lo llegó a trasladar a la iglesia madrileña de San Francisco el Grande para formar parte de un hipotético panteón de españoles ilustres que no llegó a hacerse) acabó siendo devuelto de nuevo al lugar de su primer enterramiento. Toda una peripecia que acabó en 2006, cuando una investigación forense rigurosa acabó concluyendo que aquellos restos ya no pertenecían al Gran Capitán.

 

Los nombres de las calles no suelen sorprendernos. Pasamos por ellas a diario para ir al trabajo, de compras o simplemente de paseo y suponemos que si se llaman así es por alguna razón justificada. Cuando vemos que corresponden a una persona en concreto damos por sentado que fue alguien relevante. Cuando al nombre  le precede un “doctor”, “coronel” “profesor” o “almirante” ya tenemos una idea más aproximada del gremio al que perteneció y  en el que se hizo célebre.

Muchas veces se trata de personajes populares a los que la gente aprecia y de los que mantiene un recuerdo entrañable. Otras veces se los ha reseñado por el servicio que prestaron a la comunidad e incluso en el menor de los casos por su comportamiento heroico y ejemplar.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando no lleva el nombre de ninguna persona?: pues que a veces se trata de algún objeto, lugar, profesión o una larga serie de cosas conocidas. Es el caso de calles como “Ferreteros”, “Ebro” o “Ancla”.

Pero ¿qué pasa cuando no sabemos nada nombre que se le ha dado?… todo parece indicar que su significado nos remite a un mundo pretérito que se ha resistido a caer en el olvido y llega con persistencia a nuestros días. Ese podría ser en caso de la calle que hoy nos ocupa.

 

Calle El Cosco

 

En tiempos “ruines”, como se los calificaba para contraponerlos a los de prosperidad, la población majorera se vio obligada a azuzar la imaginación para alimentarse del mejor modo posible. Fue entonces cuando las plantas “barrilleras” canarias, pertenecientes a la especie Aizoaceae, comenzaron a tomar importancia. Puede que ya fuesen uno de los principales alimentos de los aborígenes, pero su consumo había caído casi en olvido porque se había reservado para las etapas de más penuria.

Esta especie particular del mundo vegetal, que tiene como ejemplares más conocidos la barrilla y el cosco, retoma su protagonismo en tiempos de hambruna. Crece cerca del mar, en terrenos bajos y más bien salados, y su recolección no presenta dificultades. Su denominación botánica procede del griego y viene a significar “flor del mediodía” en consideración sus flores blancas y un poco rosadas, que pueden llegar a medir hasta tres centímetros de diámetro. Las papilas acuosas que muchas veces salpican sus hojas hizo que los griegos también las conocieran como “cristal” y la variedad llamada cosco se distingue de las demás por su coloración rojiza oscura muy intensa.

Los campesinos majoreros le daban varios usos. A veces la quemaban y compactaban su ceniza en una especie de piedras que enviaban a Inglaterra y a otras partes de Europa, donde se utilizaba para fabricar jabón.

Pero era mucho el cosco recolectado para la alimentación, y seguía un proceso más complejo. Se recolectaba en verano, coincidiendo con la temporada de la pesca, el marisqueo y la recogida de la sal y tras secarse y teniendo en cuenta la escasez de agua de la isla, se llevaba a los “lavaderos”, que eran lajas inclinadas en cuyo extremo había una poza no muy profunda. Al removerlo se desprendían unas semillas pequeñas y negruzcas que más tarde se convertirían en gofio después de tostarlas y pasarlas por el molino de mano, un utensilio que no solía faltar en ninguna casa.

El gofio de cosco se denominaba a veces “gofio de vidrio” y se tomaba según el modo tradicional: a cucharadas (sirviéndose de trozos de cebolla, a modo de cuenco) o como acompañamiento de leche, pescado o lo que hubiera disponible en aquel momento. Su consumo era meramente familiar, bien almacenado duraba bastantes meses y sólo en contadas ocasiones se intercambiaba por otros productos.

Algunos ancianos describen su sabor entre salado y amargo. Muchos prefieren no recordarlo por no rememorar tiempos aciagos como los que en Fuerteventura siguieron a las dos Guerras Mundiales, la Guerra Civil española o los intervalos de sequía persistente. Los más benevolentes comentan que no estaba tan malo…

Viajeros del siglo XIX como Rene Verneau, en su libro Cinco años de estancia en las Islas Canarias” hacía referencia al gofio de cosco al hablar de su camellero: “Lo único que poseía era su dromedario y con él intentaba alimentar a su familia. Con frecuencia tenía que reemplazar el gofio de trigo por el de cosco, pero no se lamentaba mientras pudiese dar de comer a  sus hijos. …Si no pierde el tiempo, un hombre puede recoger alrededor de dos kilos en un día. … es el único alimento, durante meses, de cientos de seres humanos”.

En 2019 se celebraron en la isla unas jornadas bautizadas con el pintoresco nombre de “Potaje científico”. Durante una de sus conferencias, el médico y máster en nutrición don Lester Ramos Hernández se refirió al gofio de cosco como un alimento muy completo: “tiene una alta cantidad de proteína, además de gran contenido en fibra, útil para la saciedad, el peso, el cáncer de colon y la diverticulitis. Tiene hidratos de carbono, de los buenos, al ser tipo sacarosa, así que los diabéticos los pueden consumir. Pero también contiene ácido palmítico, que no es recomendable tomar en exceso, por lo que se debe consumir con moderación por parte de los enfermos oncológicos. El paciente hipertenso también debe consumirlo con moderación debido a su contenido en sal. Sin embargo, es muy sano para el microbiota intestinal, para mejorar nuestro sistema inmune y tiene muy pocas calorías”. El médico en casa…y en tiempos difíciles.

 

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