Calle Tabajoste

 

Las calles de Fuerteventura se pueblan de palabras cuyo significado no entendemos a primera vista. Pero nada se ha puesto por azar y no debemos resignarnos a que caigan en el olvido. Hay nombres que aluden a faenas agrícolas ancestrales o a oficios que ya se han dejado de ejercer. En otras ocasiones, se refieren a plantas vinculadas a la tradición canaria, o a piezas de cerámica que ya apenas se fabrican porque han dejado de cumplir la función a la que fueron destinados hace muchísimos siglos. Este sería el caso de la calle “Tabajoste”, que atraviesa la localidad de El Matorral y se encuentra muy cerca del aeropuerto de la isla.

 

 

Calle Tabajoste

 

La palabra “tabajoste” hace referencia a los recipientes que utilizaban los aborígenes de Fuerteventura para recoger la leche de cabra. También se conocían como “tofios”. Se trata de una vasija de barro de fondo plano con un saliente para verter el líquido. Su decoración adquiría diversas formas ya que era sencillo grabar en sus bordes, con herramientas muy básicas, desde los dibujos más sencillos a los más sofisticados. Los más habituales consistían en grecas o espigas. Hoy se pueden ver varios ejemplares en el Museo Etnográfico de Betancuria y en muchos otros de Canarias.

Resultaba muy habitual utilizar recipientes de cerámica para almacenar los alimentos, era una costumbre aprendida en tierras africanas y una labor encomendada sobre todo a las mujeres. Se elaboraban limpiando la arcilla de piedras grandes, machacándola y mezclándola con agua. Se continuaba amasando con más arena y después, con la ayuda de un palo u otro utensilio, se alisaba el material conseguido hasta conseguir el grosor deseado. Nunca se pintaban, por lo que su color era casi siempre marrón, verdoso o parduzco, bastante en consonancia con el de la tierra con que fueron hechas. Como en aquella época no existían los hornos, las piezas se disponían sobre montones de leña, que se cubrían otra vez con más leña para que pudiesen arder durante aproximadamente una hora. Al final la madera se consumía y quedaba sólo la cerámica. Es verdad que no conseguían tanta consistencia como en etapas posteriores cuando el empleo de hornos se popularizó en muchas regiones. Hoy resultan bastante cotizadas y se exponen a la venta en algunos establecimientos. Son especialmente representativas de las islas más orientales del archipiélago: Lanzarote, Fuerteventura y La Graciosa. Piezas similares, aunque con dos asas y con la misma finalidad, se fabricaban también el La Gomera. Se llamaban “carabuchos”. El lenguaje popular ha hecho suyas algunas expresiones muy singulares como “darle una patada al tabajoste”, en el sentido figurado de dejar una tarea a medio concluir o alejarse de algo que resulta engorroso.

 

 

Rosario Sanz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Calle Tinguaro

 

El municipio de Antigua, fundado por colonos europeos teniendo en cuenta la buena calidad de sus tierras y considerado un punto estratégico entre la entonces capital, Betancuria, y los embarcaderos del este de la isla, en especial el de Pozo Negro, guarda también en sus calles la memoria histórica de Canarias. Da fe de ello la que lleva el nombre de Tinguaro.

 

Calle Tinguaro

 

Se cree que en lenguaje guanche Tinguaro significaba hombre de gran valor y esto es lo que se presume de un personaje de Tenerife al que municipio de Antigua ha dedicado una calle en pleno centro urbano, muy cercana a su bonita iglesia.

Parece que este apelativo se lo dio el poeta Antonio de Viana, que publicó en 1604 su famosos poema histórico “Antigüedades de las Islas Afortunadas”, y el nombre se fue repitiendo hasta llegar a nuestros días. Lo tomó del espacio arqueológico de Chiguaro, hoy santuario cristiano, situado en el término municipal de Güímar y primer lugar donde los guanches rindieron culto a la Virgen de Candelaria, encontrada en la playa de  Chimisay en tiempos anteriores a la conquista de la isla.

Conocido también como Chimenchía o Himenchía (los historiadores no se ponen de acuerdo en torno al que fue su nombre verdadero), que significaría “joven rey”, lo cierto es que este personaje pertenecía a la clase social de los achimencey, formando parte por tanto a la clase dirigente. Debió nacer en torno a 1495 y junto a su hermano Bencomo, mencey de Taoro, ha  pasado a la historia como uno de los guerreros que ofrecieron mayor resistencia a la conquista de Canarias.

Según el historiador y médico canario Juan Bethencourt Alfonso, que escribió una interesantísima “Historia del Pueblo Guanche”, Tinguaro era el jefe de la provincia o  achimenceyato de Acentejo.

Antonio de Viana relata también que antes de las batallas que resultaron decisivas, durante el “tagoror” (consejo) mantenido entre los reyes guanches de la isla, Beheneharo, mencey de Anaga, le promete a Tinguaro la mano de su hija Guacimara y la herencia de su reino si consigue derrotar a los castellanos. Guajara, amante de Tinguaro, se siente celosa por en interés de éste muestra ante la propuesta  y consigue que Ryuman, hijo de Bencomo y amante a su vez de Guacimara, huya con la esposa prometida. Tinguaro obliga entonces a Bencomo a casarse con Guajara convirtiéndose no obstante en el gobernador de Anaga. De esta unión nacieron cinco hijos, que al ser bautizados después de la conquista recibieron los nombres  de Ana Hernández Pérez, Pedro Hernández, Francisca Pérez, Inés Pérez y Juana Pérez.

Tinguaro es el gran protagonista de la portentosa victoria que tuvo lugar durante la batalla conocida como “Matanza de Acentejo”, en la  que las tropas castellanas fueron completamente abatidas por los guanches. Meses antes de esta hazaña que permanece inalterable en el imaginario del pueblo canario, en mayo de 1494, el capitán conquistador Alonso Fernández de Lugo  había desembarcado en la isla, penetrando con sus soldados en dirección al valle de La Orotava. Su intención era acabar con la última resistencia que estaba oponiendo el caudillo Bencomo. Pero este decide enviar a su hermano Tinguaro con unos trescientos hombres mientras él reagrupa sus tropas para presentar batalla. La compleja orografía del terreno, que los aborígenes dominaban, sorprende a los castellanos, favorece a los guanches y en el barraco de Acentejo se produce la masacre.

No se amilana Alonso Fernández de Lugo, que regresa al año siguiente después de abastecerse tropas y pertrechos. Tinguaro, envalentonado por la victoria anterior, se pone de nuevo al frente de los guanches, acompañado por su hermano, el mencey Bencomo y el hijo de éste, su sobrino Bentor.

El 14 de noviembre de 1495 se encuentran frente a frente los dos bandos, pero, grave error estratégico de los aborígenes, en vez de en un territorio abrupto lo hacen en una llanura próxima a la actual ermita de Nuestra Señora de Gracia. Comienza así la conocida como “batalla de La Laguna”. Las tropas guanches atacan desde tres frentes: el centro, dirigido por el mencey Bencomo, el ala derecha dirigida por el rey Acamio de Tacoronte, y el ala izquierda defendida por el propio Tinguaro.

Cuando la batalla parece inclinarse definitivamente del lado castellano, los guanches comienzan a retirarse y Tinguaro se dirige a la ladera de la montaña de san Roque. Allí le encuentra el soldado grancanario Pablo Martín Buendía (Gran Canaria ayudó en los años finales a los castellanos a terminar la conquista) y entendiendo mal sus palabras de rendición, le atraviesa con una lanza. Estos hechos parecen pertenecer a la leyenda, pues hay quien dice que fue Bencomo quien hizo frente a Buendía. Lo cierto es que ambos hermanos debieron morir tras la batalla, por lo que Bentor fue entronizado como nuevo rey.

Pero aún no había acabado la guerra y meses más tarde tuvo lugar la conocida como “segunda batalla del Acentejo”, en la que participó Bentor. Ambos bandos lucharon a la desesperada: los castellanos, por subsanar el honor perdido en la anterior batalla, en aquel mismo lugar; los guanches, por recuperar de una vez por todas el dominio de sus tierras. Inclinada la batalla de nuevo a favor de los castellanos, su líder, Bentor, se suicidó despeñándose y quizá pronunciando la frase “Atis tirma”, (“por ti, tierra”), el grito de sus antepasados en momentos similares

Al margen de cómo se desarrollaran con exactitud todos estos acontecimientos, es un hecho que la muerte de estos caudillos debilitó la resistencia y facilitó finalmente la incorporación de todo el archipiélago a la Corona castellana.

 

 

Rosario Sanz Vaquero

 

Calle El Cosco

 

En tiempos “ruines”, como se los calificaba para contraponerlos a los de prosperidad, la población majorera se vio obligada a azuzar la imaginación para alimentarse del mejor modo posible. Fue entonces cuando las plantas “barrilleras” canarias, pertenecientes a la especie Aizoaceae, comenzaron a tomar importancia. Puede que ya fuesen uno de los principales alimentos de los aborígenes, pero su consumo había caído casi en olvido porque se había reservado para las etapas de más penuria.

Esta especie particular del mundo vegetal, que tiene como ejemplares más conocidos la barrilla y el cosco, retoma su protagonismo en tiempos de hambruna. Crece cerca del mar, en terrenos bajos y más bien salados, y su recolección no presenta dificultades. Su denominación botánica procede del griego y viene a significar “flor del mediodía” en consideración sus flores blancas y un poco rosadas, que pueden llegar a medir hasta tres centímetros de diámetro. Las papilas acuosas que muchas veces salpican sus hojas hizo que los griegos también las conocieran como “cristal” y la variedad llamada cosco se distingue de las demás por su coloración rojiza oscura muy intensa.

Los campesinos majoreros le daban varios usos. A veces la quemaban y compactaban su ceniza en una especie de piedras que enviaban a Inglaterra y a otras partes de Europa, donde se utilizaba para fabricar jabón.

Pero era mucho el cosco recolectado para la alimentación, y seguía un proceso más complejo. Se recolectaba en verano, coincidiendo con la temporada de la pesca, el marisqueo y la recogida de la sal y tras secarse y teniendo en cuenta la escasez de agua de la isla, se llevaba a los “lavaderos”, que eran lajas inclinadas en cuyo extremo había una poza no muy profunda. Al removerlo se desprendían unas semillas pequeñas y negruzcas que más tarde se convertirían en gofio después de tostarlas y pasarlas por el molino de mano, un utensilio que no solía faltar en ninguna casa.

El gofio de cosco se denominaba a veces “gofio de vidrio” y se tomaba según el modo tradicional: a cucharadas (sirviéndose de trozos de cebolla, a modo de cuenco) o como acompañamiento de leche, pescado o lo que hubiera disponible en aquel momento. Su consumo era meramente familiar, bien almacenado duraba bastantes meses y sólo en contadas ocasiones se intercambiaba por otros productos.

Algunos ancianos describen su sabor entre salado y amargo. Muchos prefieren no recordarlo por no rememorar tiempos aciagos como los que en Fuerteventura siguieron a las dos Guerras Mundiales, la Guerra Civil española o los intervalos de sequía persistente. Los más benevolentes comentan que no estaba tan malo…

Viajeros del siglo XIX como Rene Verneau, en su libro “Cinco años de estancia en las Islas Canarias” hacía referencia al gofio de cosco al hablar de su camellero: “Lo único que poseía era su dromedario y con él intentaba alimentar a su familia. Con frecuencia tenía que reemplazar el gofio de trigo por el de cosco, pero no se lamentaba mientras pudiese dar de comer a  sus hijos. …Si no pierde el tiempo, un hombre puede recoger alrededor de dos kilos en un día. … es el único alimento, durante meses, de cientos de seres humanos”.

En 2019 se celebraron en la isla unas jornadas bautizadas con el pintoresco nombre de “Potaje científico”. Durante una de sus conferencias, el médico y máster en nutrición don Lester Ramos Hernández se refirió al gofio de cosco como un alimento muy completo: “tiene una alta cantidad de proteína, además de gran contenido en fibra, útil para la saciedad, el peso, el cáncer de colon y la diverticulitis. Tiene hidratos de carbono, de los buenos, al ser tipo sacarosa, así que los diabéticos los pueden consumir. Pero también contiene ácido palmítico, que no es recomendable tomar en exceso, por lo que se debe consumir con moderación por parte de los enfermos oncológicos. El paciente hipertenso también debe consumirlo con moderación debido a su contenido en sal. Sin embargo, es muy sano para el microbiota intestinal, para mejorar nuestro sistema inmune y tiene muy pocas calorías”. El médico en casa…y en tiempos difíciles.

 

 

El Ayuntamiento de Tuineje decidió hace años rendir homenaje a los primeros maestros de la zona, en concreto a los que ejercieron en Gran Tarajal. Así podemos ver plazas que recuerdan a “Don Antonio el maestro”, “Doña Josefina la maestra” o “don Luis el maestro», cuya figura vamos a reseñar a continuación.

 

Calle Don Luis el maestro

 

Don Luis Cabrera, conocido por todos como don Luis, el maestro, es una figura significativa de lo que supuso para Gran Tarajal una hornada de profesores excepcionales que supieron transferir sus conocimientos y su formación personal y humanística a centenares de alumnos.

Tal es el caso de los recordados entrañablemente en sendas placas de la localidad, como don Antonio o doña Josefina. También don Luis dejó su impronta personal entre muchos de los alumnos de Gran Tarajal, algunos de los cuales todavía pasean hoy por sus calles. Le recuerdan como a un hombre afable y recto que les impartió una excelente educación que abarcaba todas las materias, de las que era experto.

Nació en el emblemático municipio grancanario de Teror en el seno de una familia bastante humilde. Su madre, que quedó muy pronto a cargo de una numerosa prole, consiguió que entrase como monaguillo en la Basílica de Nuestra Señora del Pino, Patrona de la diócesis de Canarias. Allí, el párroco que le daba clase se percató enseguida de su inteligencia y afán por conocer y decidió ayudarle para ingresar en el Seminario de Las Palmas. Aquella era siempre una solución para que muchachos con pocas posibilidades de costearse estudios superiores pudiesen acceder a unos conocimientos tan completos como los que proporcionaba la Iglesia. Algunos descubrían años más tarde su escasa vocación religiosa y abandonaban este camino, pero aquella formación permitió a muchos jóvenes llegar a ser excelentes sacerdotes.

Don Luis Cabrera pertenecía al primer grupo y al acabar el bachillerato fue reclutado por las tropas de Franco para participar en la guerra civil durante la cual combatió en los frentes de Andalucía. Acabada la contienda, obtuvo el título de maestro y comenzó dando clases en la localidad grancanaria de Agaete. Más tarde fue destinado a Toto, en Fuerteventura, un paraje que siempre se ha caracterizado por su agricultura floreciente, pero las circunstancias hicieron que una riada destruyera la escuela en la que trabajaba. Recaló en Gran Tarajal, que ya por entonces despuntaba como una de las más pujantes localidades majoreras, y comenzó impartiendo sus clases en el antiguo Bar Playa, que ya no existe, y hasta en un almacén de tomates.

Don Luis Cabrera es recordado por los vecinos más mayores como un profesor excepcional que no se limitaba a enseñar lo básico sino que actualizaba constantemente sus conocimientos, lo que sin duda contribuyó a que sus alumnos fueran considerados de los mejor preparados. Creo una Academia para que pudieran obtener el título oficial de Bachillerato y cuando iban a examinarse a Puerto del Rosario los intercalaban entre el resto de alumnos al considerarlos, en general, más aventajados. De hecho, los estudiantes de Gran Tarajal fueron de los primeros universitarios que dejaron Fuerteventura para proseguir sus carreras en la Universidad de Las Palmas.

Por aquel entonces, había en esta zona de Tuineje hasta nueve escuelas para acoger a los muchos alumnos de la zona. Incluso a los de las casas de Las Playitas (entonces un reducto marinero, convertido hoy en un importante foco turístico) se los recogía a diario para que pudiesen acudir a estudiar. Don Luis consideró entonces la idea de que era mejor unificar todas las escuelas en una sola y se puso de acuerdo con el inspector de educación, don Cristóbal García Blairzy, cuyo nombre lleva hoy un colegio por ser él quien consiguió la reagrupación.

Compatibilizó durante muchos años las labores docentes en Gran Tarajal con la dirección de las escuelas de la zona centro y sur de la isla (desde Antigua a Morro Jable). A su casa acudían con frecuencia muchos maestros que departían con don Luis y su esposa en un ambiente de familiaridad absoluta.

Una vez jubilado, volvió a su Gran Canaria natal y se instaló en el municipio de Santa Brígida para ayudar en el cuidado de su cuñado. Posteriormente un familiar le cedió una casa en Teror, donde falleció en 1982 rodeado del cariño de sus familiares y amigos.

 Gran Tarajal rinde en algunas de sus calles un significativo homenaje a personas que en su día fueron muy conocidos en la localidad contribuyendo a forjar parte de su historia. Es el caso de las que se han rotulado como “Juan el patrón”, “Francisco el estelero” o “Pepe el carretero”, a la que dedicamos este capítulo de las calles majoreras.

 

 

Calle Pepe el carretero

 

Situada al final del barrio alto de Gran Tarajal, casi al pie de la montaña, la calle “Pepe el carretero” nos recuerda la trayectoria de José Rodríguez González. Fue un hombre polifacético que vivió en esta localidad gran parte de su vida, desempeñando diversas tareas con las que consiguió sacar adelante a una familia numerosa compuesta por su mujer y siete hijos.

Nació en tierras del municipio de La Oliva, bastante más al norte de la isla majorera, en marzo de 1916. Tras una breve estancia en Las Palmas regresó a Fuerteventura y se casó con una joven de Tiscamanita. Su casa, que era la única que en aquella época se levantaba en la zona alta de Gran Tarajal, estaba muy cerca de un polvorín donde se almacenaba la dinamita que se utilizaba para algunas obras que precisaban perforar las rocas. De hecho, a su calle se la conocía desde siempre como la del polvorín

La dinamita llegaba en barco de Las Palmas y Pepe el carretero era la persona autorizada para vendérsela a todos aquellos que le mostraran un justificante sellado por la Guardia Civil. Así se evitaba que fuese utilizada para otros fines y todo quedaba bajo control.

Paralelamente a esta labor, comenzó a trabajar por cuenta ajena repartiendo agua con un carro y haciendo diversos encargos. La recogida se hacía en la finca llamada “Casa Mille”, donde había un pozo que daba agua abundante y de muy buena calidad. Después consiguió trabajar de manera autónoma y cuando ya el suministro de agua estaba más controlado (la transportaban camiones especializados en bidones galvanizados), Pepe el carretero sólo siguió llevando agua a don Cosme Ortega Ávila, conocido en el pueblo como “Cosmito”, dejando el resto de la carga para consumo propio.

Finalizada la etapa como repartidor de agua, se volcó por completo en su trabajo de transportista, recogiendo con su carro todo tipo de mercancías para llevarlas al puerto de Gran Tarajal, donde embarcaban hacia Gran Canaria con destino, a veces, a otras islas e incluso hasta la Península. A su vez, repartía por la localidad los encargos que le realizaban. En esta época coincidió trabajando en el mismo sector con Juan el patrón, al que también en Gran Tarajal han dedicado una calle. Ambos pilotaban la mayor parte del trasiego de personas o mercancías que se efectuaban en aquella época.

Pasaron los años y evolucionaron las dinámicas del transporte, que quedaron en manos de empresas más grandes. Pepe el carretero fue contratado entonces por la hija de don Manuel González Ramírez, el dueño de gran parte de las tierras de la parte alta de la localidad. Allí ejerció su última labor, que consistió en llevar la granja avícola instalada muy cerca de su casa hasta el momento de su jubilación.

Falleció el once de noviembre de 1986, a los setenta años de edad, dejando tras sí una amplísima familia y un entrañable recuerdo.

 

 


Calle Tamasite

 

El Ayuntamiento de Tuineje lleva tiempo homenajeando a personas que fueron significativas en la vida local. Sus nombres en las calles, acompañadas de una placa explicativa, refleja de muchas maneras el reconocimiento de sus vecinos. Existe una calle que conmemora la hazaña histórica que en 1740 vivió la localidad, un enfrentamiento con los ingleses que acabó bien para los majoreros: la batalla de Tamasite.

 

 

Calle Tamasite

 

La calle Tamasite no es larga, como no lo son la mayoría de las calles de Tuineje. Pero todo en la localidad parece recordar un hecho histórico singular que se conmemora cada año con una fiesta popular que recrea la famosa batalla de Tamasite, que se llama así porque tuvo lugar al pie de la montaña del mismo nombre.

En 1739 Inglaterra declaró la guerra a España atacando sus enclaves coloniales con el apoyo de Portugal. Los navíos apresados eran llevados a la isla de Madeira para ser vendidos. Parte de esta ofensiva se centró en las islas canarias, sin ejército regular hasta prácticamente el siglo XIX y con unas playas arenosas en la que resultaba sencillo desembarcar al carecer los territorios de estructuras de vigilancia y defensa.

Don Antonio de Bethencourt dejó constancia en el Archivo General de Simancas de los ataques de corsarios ingleses sufridos por Fuerteventura. Estas anotaciones remiten al anuncio hecho en junio de 1740 en algunos periódicos de Boston informando de que se estaba equipando una corbeta “grande y de calidad, para ir en busca de los españoles”. Se la llamó Vernon, en honor al almirante inglés, y tenía capacidad para llevar catorce cañones y una tripulación de 75 hombres. Estaba capitaneada por un tal Willes, y los corsarios ingleses eran jóvenes y veteranos de guerra que se enrolaban en los puertos americanos para abastecer con lo sustraído a la Colonia inglesa en el nuevo continente.

El 13 de octubre de 1740, unos cincuenta hombres desembarcaron en la zona de Gran Tarajal y desvalijaron la zona de Tuineje. Liderados por el teniente coronel Sánchez Umpierrez, que era la máxima autoridad en la isla (al no haber ejército profesional, se formaban patrullas locales reclutando varones en edad de luchar), los majoreros los hicieron frente con palos y piedras. En la batalla, conocida como de “El Cuchillete”, perdieron la vida 33 de los 55 corsarios que habían desembarcado y los demás fueron capturados y llevados a Tenerife. Por la parte majorera, sólo hubo tres fallecidos a los que se recuerda con orgullo: Agustín de Armas, Diego Chrisóstomo y Juan de Oliva.

Esta refriega, en la que se incautaron bastantes armas muy novedosas en la isla, sirvió a todos de aviso ante posibles desembarcos. No se equivocaban porque un mes más tarde los piratas volvieron a repetir la incursión. Los que desembarcaron el 24 de noviembre procedían del barco Sant Andreu y estaban al mando de un personaje conocido como Davidson. El buque se construyó en Jamaica y había partido el 16 de junio de ese mismo año desde el puerto de Newport en Rhode Islad con 75 hombres de los que sólo 55 desembarcaron en Gran Tarajal. Tras recorrer catorce kilómetros llegaron de nuevo a Tuineje con intención de arrasarlo. Lo encontraron vacío y los majoreros les interceptaron en un descampado cercano, en una zona conocida también hoy como Llano Florido, a los mismos pies de la montaña de Tamasite. Esta vez tenían ya una estrategia diseñada por el mismo teniente coronel Sánchez Umpierrez, al que también se han dedicado calles en varias localidades de la isla.

Pertrechados de palos, piedras y algunas armas requisadas el anterior combate, se enfrentaron a los ingleses poniendo a los camellos de que disponían en primera línea de fuego con el fin de mermar la munición de sus oponentes. Luego se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo en el que los majoreros estaban muy bien entrenados ya que algunos de sus juegos ancestrales, como la lucha canaria y los deportes del palo y el garrote, eran ejercicios que exigían mucha fuerza y habilidad. Así consiguieron acabar con todos los invasores, los corsarios no volvieron a acercarse a las costas de Fuerteventura y a los camellos se les consideró desde aquel momento como soldados y héroes de guerra. Es sencillo percatarse de ello. La escultura de un libro abierto que conmemora la hazaña, un cañón y un camello a las puertas del mismo templo de San Miguel Arcángel (la iglesia de la localidad donde una pintura ilustra la batalla) se lo recuerdan a todos los visitantes. Los majoreros lo conmemoran cada trece de octubre, y desde hace infinidad de años, con una celebración multitudinaria que recibe el nombre de Fiestas Juradas de San Miguel Arcángel y ha sido reconocida como Bien de Interés Cultural (BIC) y Bien de Interés Turístico Regional y Nacional. Durante las mismas, los vecinos participan y recrean la batalla de Tamasite (desembarco en Gran Tarajal incluido) ataviados con trajes de la época.

Los ataques a las islas canarias finalizaron en 1797, con la derrota de Nelson en Santa Cruz de Tenerife. En lo que respecta a Fuerteventura, el temor a nuevas incursiones de piratas hicieron precisa la llegada el ingeniero militar Claudio de Lila y así  se aceleró la construcción de las torres de Caleta de Fuste, Tararalejo y Tostón.

 

Rosario Sanz Vaquero

 

 

Calle Amanay

 

El Ayuntamiento de Tuineje decidió hace unos años colocar una plaza debajo de los letreros de algunas de sus calles con denominación más significativa. Se trataba, como es lógico, de acercar a los transeúntes a aquellos nombres que no habían sido elegidos al azar sino que respondían una razón específica: homenajear o recordar a una persona, a un producto, a una zona específica del litoral majorero o a una voz rescatada del lenguaje de los guanches que se fue transmitiendo a través de los siglos.

En esta línea podemos encontrar que Gran Tarajal rinde homenaje también a “Don Antonio, el Maestro”  a “Juan, el Patrón”, o a “Pepe, el Carretero” a cuyos personajes nos iremos refiriendo en sucesivas publicaciones. Hoy vamos a acercarnos a la calle Amanay.

 

 

 

Calle Amanay

 

 

 

 

En lenguaje prehispánico, Amanay significaba “agua que da vida” y nos remite a una playa de singular belleza al pie de unas montañas de las que brotaba un agua dulce que los aborígenes majoreros recogían para beber y cocinar. Podemos encontrarla al norte de la zona conocida como La Pared y no muy lejos y bastante enfrente del Mirador Astronómico de Sicasumbre.

En las cercanías se localiza el barranco del mismo nombre, en lo que hoy es una zona bastante deshabitada de la parte occidental del municipio de Pájara, de una orografía muy compleja y accidentada que presenta uno de los estados evolutivos más erosionados de todo el archipiélago canario. Casi siempre se dedicó al pastoreo y en el último tercio del siglo XX fue campo de tiro militar mientras la Legión tuvo su sede en Fuerteventura.

 

El topónimo Amanay, que da nombre a esta calle ubicada en pleno centro de Gran Tarajal, aparece por vez primera en el mapa que el ingeniero italiano Leonardo Torriani dibujó de la isla de Fuerteventura a finales del siglo XVI y al hacer referencia a uno de los pocos puertos practicables en la costa oeste de la isla, es citado mucho en la documentación antigua.

Con la misma ortografía actual de Amanay aparece en el exterior del mapa que Briçuela y Casola hicieron de la isla en el primer tercio del siglo XVII.

Años más tarde, en un informe del alcalde mayor de Fuerteventura de 1719 se decía, con la ortografía propia de la época, tan distinta de la de hoy,  que "el puerto de Amanai solo se frecuenta de varcos de pesca que allí llegan, y en él no ai trajín ni peligro considerable por la gran distancia de los pueblos".

En la descripción de puertos y playas de la isla que hace a mitad del siglo XVIII Antonio Riviere se dice que en la caleta nombrada Manay "ai agua, manantial y salubre, no ay poblazión, y es desierta". Como Amanay vuelve a nombrarlo este mismo autor en la descripción de las atalayas desde las que se vigilaba la isla entera "día y de noche con horden de comunicar las novedades que descubran", y como Punta de Amanaí lo escribe en el mapa que él mismo dibujó de la isla de Fuerteventura.

También aparece reseñado como puerto de Amanay en el mapa de Quesada y Chaves, que data de la segunda mitad del XVIII.

 

Escrito de maneras diferentes, pero muy similares, es totalmente reconocible en la etimología bereber y su significado vendría a describir un lugar alto desde el que se domina una amplia perspectiva, lo que deja entrever que debió ser también una especie de atalaya defensiva para proteger la costa oeste de Fuerteventura. Y en efecto, la región denominada Amanay está en el extremo occidental de la isla y es una geografía de muchas alturas panorámicas. Incluso en la costa en que desemboca el barranco hay una Cresta de Amanay que justificaría ese significado. Habría que añadirle esas pequeñas cumbres que derramaban sobre los majoreros un agua codiciada en una isla que estaba abocada a las frecuentes sequías. Un lugar privilegiado, en definitiva, digno de recordarse en el callejero de Fuerteventura.

 

 

Rosario Sanz Vaquero

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