Calle La Practicanta Chanita Suárez

 El “Festival Internacional de Payasos Tran Tran”, que desde el año 2010 y hasta el momento de la pandemia se ha venido celebrando en Gran Tarajal cosechando gran éxito, tiene como emblema a una figura femenina que con unas divertidas coletas y un vestido rojo de lunares responde al nombre de Chanita. Pero en esta localidad hay una Chanita algo menos conocida, la que da nombre a la calle “Practicanta Chanita Suárez”, y a este singular personaje vamos a acercarnos. Calle Practicanta Chanita Suárez Chanita Suárez nació en Gran Tarajal el 23 de diciembre de 1922, en vísperas de la celebración de la Nochebuena. No lo tuvo fácil en la Fuerteventura de aquellos años. Nieta de don Juan Suárez Rodríguez, al que de alguna manera se considera uno de los fundadores del municipio de Tuineje, a la majorera le tocó de vivir algunos de los episodios más convulsos de nuestra reciente historia, entre ellos la guerra civil y la complicadísima posguerra. Recibió en el bautismo los nombres de Dolores Sebastiana Suárez López y pasó sus primeros años en el poblado que se había ido formando en torno a los hornos de cal de La Guirra, en la costa este del municipio de Antigua. Se trataba de un negocio familiar que regentaba su padre, don Vicente Suárez Ruiz, casado con doña Zoila López Rodríguez, hija a su vez del terrateniente de Gran Tarajal don Matías López Hernández. En la conocida como “casa grande” de La Guirra crecieron, junto a Chanita, sus hermanos Vicente, Juan y Matías. Estudiar era una tarea complicada en Fuerteventura pues en 1927 había cinco escuelas de niños, tres de niñas y trece mixtas para una población de unos doce mil habitantes repartidos por una isla de 1.695 kilómetros cuadrados. Chanita y sus hermanos aprendieron sus primeras letras junto a los hijos de los empleados de los hornos de cal de La Guirra: su maestro, don José Álvarez, era un peón aventajado que su abuelo había contratado para enseñarles lo más elemental. A los ocho años pudo ir a la escuela de Antigua, poco después también acudirían sus hermanos. Vivían en la casa de su abuelo Juan, junto a su tercera esposa, una mujer a la que Chanita llamaba “tía Juana”. Sus padres utilizaban el Ford del abuelo y se desplazaban a veces desde los hornos de La Guirra para pasar unas horas con la familia al completo. Esta situación se prolongó hasta que Chanita cumplió los doce años, con excepción de los veranos, cuando todos se reunían en La Guirra porque ya no tenían que acudir a la escuela. La ausencia intermitente de la madre, a la que Chanita siempre reconoció que había echado muchísimo de menos, hizo que tomase especial cariño a su primera profesora en Antigua, doña Esperanza Godó, una aragonesa que había sido destinada en Fuerteventura. Los maestros de entonces, en cuyas casas no solía haber ni luz eléctrica ni agua corriente, viajaban en barco a Gran Canaria y desde allí se trasladaban a Fuerteventura a bordo de los conocidos como “correillos” que llegaban hasta Puerto de Cabras, entonces la capital, o a Gran Tarajal, para desembarcar mercancías y viajeros. Aquella maestra debió ver compensada su vocación docente en Fuerteventura pues tras ser trasladada de nuevo a la Península, siguió manteniendo correspondencia con sus antiguas alumnas de Antigua. Las cartas, que al final sólo intercambiaba con Chanita, se conservan como un muestrario de los usos y costumbres de la época, pero sobre todo, como un reflejo del especial afán de doña Esperanza para seguir el progreso de sus alumnas en los estudios y servirles de apoyo y estímulo en su vida adulta. En 1935 los hornos de cal atravesaron una profunda crisis y los padres de Chanita decidieron cerrarlos y trasladarse a vivir a Gran Tarajal. Allí siguió estudiando, primero en la escuela de niñas que llevaba la maestra doña Lucía de Saá y más tarde recibiendo clases particulares del profesor granadino don José Jiménez, que volvió a la Península al estallar la guerra civil. En 1937 Chanita mantenía aún correspondencia con su profesora de Antigua y ese mismo año obtuvo en Las Palmas su primer título de Bachillerato. En aquellas cartas, Chanita le relataba a su maestra las dificultades que encontraba para que sus padres le permitieran seguir estudiando. Era la única hija de la familia (sus hermanos eran varones, y tuvieron más facilidades para desplazarse a estudiar) y los progenitores consideraban que debía quedarse junto a ellos como mandaba la tradición hasta entonces. Pero su empeñó se mantuvo firme ya que se graduó en Enfermería con 32 años y doce meses después obtuvo el título de Bachillerato Superior. No se casó ni tuvo hijos y dedicó todos sus esfuerzos a asistir a la población majorera en unos años de tremendas penurias. Aunque ejerció ocasionalmente de comadrona, fue sobre todo practicante, y como tal era conocida y se la reclamaba en muchos puntos de la isla. Su afán por aprender no finalizó ya que con 49 años se hizo maestra y con 62, en una época en la que no abundaban en Fuerteventura los títulos universitarios, se licenció en Psicología, carrera que ejerció desde 1996 hasta 2002, después de haberse jubilado como practicante. Gran Tarajal tenía apenas dos calles cuando Chanita era una niña. Hoy tiene muchas más y una de ellas rinde un emotivo homenaje a la que todos conocían como “la practicanta”

 No parece extraño que los aledaños del emplazamiento militar de Puerto del Rosario hayan dedicado sus calles a ensalzar las figuras de Viriato, Juan de Austria o Hernán Cortés, por poner un ejemplo. Los recordatorios a coroneles, comandantes o almirantes son también habituales por esa zona. En esta ocasión vamos a referirnos a la calle Gran Capitán, una figura recordada por todos gracias a las enseñanzas que recibimos de niños. También un personaje real, de carne y hueso, que a veces recordamos vagamente pero que en realidad fue alguien decisivo en nuestra pasada historia. 

Calle Gran Capitán

 Don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enrique de Aguilar se ganó el sobrenombre de “Gran Capitán” por sus destacadas dotes para el combate. De hecho, el Tercio de la Legión Española acuartelado en Melilla lleva su nombre. Fue pariente de Fernando el Católico, y de noble cuna, por tanto. Nació en el castillo de Montilla el 1 de septiembre de 1453 y pertenecía a la nobleza andaluza encarnada en la Casa de Aguilar al ser el segundo hijo del caballero don Pedro Fernández de Aguilar, que murió a edad temprana y de doña Elvira de Herrera y Enríquez, prima a su vez de doña Juana, reina consorte de Aragón. Junto a su hermano mayor fue educado en Córdoba bajo la supervisión del caballero don Pedro de Cárcamo y desde muy joven se vio incorporado al servicio de don Alfonso, hermano de la que luego sería Isabel I de Castilla, en calidad de paje. El fallecimiento del príncipe lo llevó a abrazar la causa isabelina, participando en la Guerra de Sucesión Castellana, donde ya empezó a despuntar como brillante militar, unas dotes que la reina católica apreciaría siempre. Se casó con su prima doña Isabel de Montemayor, que murió al alumbrar a su primer hijo, recibiendo como regalo de boda de su hermano la alcaldía de Santaella. Allí fue hecho prisionero por su primo y enemigo, don Diego Fernández de Córdoba y Montemayor, que lo retuvo en el castillo de Cabra hasta que en 1476 los Reyes Católicos intercedieron para que fuese liberado. Sus apellidos eran ilustres y su reconocimiento en las batallas en las que participaba iba en aumento, pero donde más destacó fue en la larga contienda para poner fin a la presencia musulmana en España. Entre sus hitos más destacados se encuentra el feroz asalto a Montefrío, donde fue el primero en encaramarse a la muralla defensiva, y la toma de Loja, donde consiguió hacer prisionero al monarca nazarí Boabdil. Era tan querido por su tropa que se cuenta que durante una de las últimas escaramuzas nocturnas a las puertas de Granada, se cayó del caballo y consiguió ponerse a salvo gracias a un leal servidor que perdió la vida en el intento. Contrajo segundas nupcias con doña María Manrique de Lara y Espinosa, del linaje de los duques de Nájera y Dama a su vez de la Reina Isabel de Castilla. Con ella tuvo dos hijas, Beatriz y Elvira Fernández de Córdoba, siendo esta última la que heredó sus títulos y propiedades. A principio de 1492 se encargó de llevar la negociación es para la rendición final de Granada, recibiendo en agradecimiento una encomienda de la orden de Santiago y el señorío de Órgiva (Granada), además de determinadas rentas a cuenta de la producción de seda granadina. Participó en dos expediciones a Italia para defender los intereses españoles y durante todos los enfrentamientos demostró una maestría novedosa en el manejo de la infantería, la caballería y la artillería, sin prescindir del apoyo naval. Se centró más en la infantería, y la reorganizó en coronelías que serían el embrión de los futuros tercios españoles. Tras el fallecimiento de la reina Isabel, Fernando el Católico lo destituyó al hacerse eco de los rumores que le acusaban de haberse apropiado de fondos de guerra durante las campañas italianas. No parece que le pidiese explicaciones, pero el Gran Capitán decidió rendírselas para rehabilitar su imagen. Estas cuentas se conservan en el Archivo General de Simancas y han dado pie a la leyenda de “las cuentas del Gran Capitán” y a su consiguiente refrán porque en ellas detallaba infinidad de gastos, pero al final escribía escuetamente: “…..y finalmente, por tener la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados”. Retirado en Loja, regresó a Granada en agosto de 1515, tras sentirse enfermo, y allí falleció el 2 de diciembre de ese mismo año. Sus restos mortales acabarían reposando, junto a los de su esposa, parte de su familia y numerosos trofeos de guerra, en la cripta del monasterio granadino de San Jerónimo. En la Guerra de la Independencia su tumba fue profanada desapareciendo, entre otras muchas cosas, su calavera y su espada de gala. Lo que acabó sucediendo con sus restos daría para escribir una novela de aventuras, o de terror más bien, porque después de sucesivas exhumaciones y trasiegos (incluso en 1848 se lo llegó a trasladar a la iglesia madrileña de San Francisco el Grande para formar parte de un hipotético panteón de españoles ilustres que no llegó a hacerse) acabó siendo devuelto de nuevo al lugar de su primer enterramiento. Toda una peripecia que acabó en 2006, cuando una investigación forense rigurosa acabó concluyendo que aquellos restos ya no pertenecían al Gran Capitán.

 

Los nombres de las calles no suelen sorprendernos. Pasamos por ellas a diario para ir al trabajo, de compras o simplemente de paseo y suponemos que si se llaman así es por alguna razón justificada. Cuando vemos que corresponden a una persona en concreto damos por sentado que fue alguien relevante. Cuando al nombre  le precede un “doctor”, “coronel” “profesor” o “almirante” ya tenemos una idea más aproximada del gremio al que perteneció y  en el que se hizo célebre.

Muchas veces se trata de personajes populares a los que la gente aprecia y de los que mantiene un recuerdo entrañable. Otras veces se los ha reseñado por el servicio que prestaron a la comunidad e incluso en el menor de los casos por su comportamiento heroico y ejemplar.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando no lleva el nombre de ninguna persona?: pues que a veces se trata de algún objeto, lugar, profesión o una larga serie de cosas conocidas. Es el caso de calles como “Ferreteros”, “Ebro” o “Ancla”.

Pero ¿qué pasa cuando no sabemos nada nombre que se le ha dado?… todo parece indicar que su significado nos remite a un mundo pretérito que se ha resistido a caer en el olvido y llega con persistencia a nuestros días. Ese podría ser en caso de la calle que hoy nos ocupa.

 

Calle El Cosco

 

En tiempos “ruines”, como se los calificaba para contraponerlos a los de prosperidad, la población majorera se vio obligada a azuzar la imaginación para alimentarse del mejor modo posible. Fue entonces cuando las plantas “barrilleras” canarias, pertenecientes a la especie Aizoaceae, comenzaron a tomar importancia. Puede que ya fuesen uno de los principales alimentos de los aborígenes, pero su consumo había caído casi en olvido porque se había reservado para las etapas de más penuria.

Esta especie particular del mundo vegetal, que tiene como ejemplares más conocidos la barrilla y el cosco, retoma su protagonismo en tiempos de hambruna. Crece cerca del mar, en terrenos bajos y más bien salados, y su recolección no presenta dificultades. Su denominación botánica procede del griego y viene a significar “flor del mediodía” en consideración sus flores blancas y un poco rosadas, que pueden llegar a medir hasta tres centímetros de diámetro. Las papilas acuosas que muchas veces salpican sus hojas hizo que los griegos también las conocieran como “cristal” y la variedad llamada cosco se distingue de las demás por su coloración rojiza oscura muy intensa.

Los campesinos majoreros le daban varios usos. A veces la quemaban y compactaban su ceniza en una especie de piedras que enviaban a Inglaterra y a otras partes de Europa, donde se utilizaba para fabricar jabón.

Pero era mucho el cosco recolectado para la alimentación, y seguía un proceso más complejo. Se recolectaba en verano, coincidiendo con la temporada de la pesca, el marisqueo y la recogida de la sal y tras secarse y teniendo en cuenta la escasez de agua de la isla, se llevaba a los “lavaderos”, que eran lajas inclinadas en cuyo extremo había una poza no muy profunda. Al removerlo se desprendían unas semillas pequeñas y negruzcas que más tarde se convertirían en gofio después de tostarlas y pasarlas por el molino de mano, un utensilio que no solía faltar en ninguna casa.

El gofio de cosco se denominaba a veces “gofio de vidrio” y se tomaba según el modo tradicional: a cucharadas (sirviéndose de trozos de cebolla, a modo de cuenco) o como acompañamiento de leche, pescado o lo que hubiera disponible en aquel momento. Su consumo era meramente familiar, bien almacenado duraba bastantes meses y sólo en contadas ocasiones se intercambiaba por otros productos.

Algunos ancianos describen su sabor entre salado y amargo. Muchos prefieren no recordarlo por no rememorar tiempos aciagos como los que en Fuerteventura siguieron a las dos Guerras Mundiales, la Guerra Civil española o los intervalos de sequía persistente. Los más benevolentes comentan que no estaba tan malo…

Viajeros del siglo XIX como Rene Verneau, en su libro Cinco años de estancia en las Islas Canarias” hacía referencia al gofio de cosco al hablar de su camellero: “Lo único que poseía era su dromedario y con él intentaba alimentar a su familia. Con frecuencia tenía que reemplazar el gofio de trigo por el de cosco, pero no se lamentaba mientras pudiese dar de comer a  sus hijos. …Si no pierde el tiempo, un hombre puede recoger alrededor de dos kilos en un día. … es el único alimento, durante meses, de cientos de seres humanos”.

En 2019 se celebraron en la isla unas jornadas bautizadas con el pintoresco nombre de “Potaje científico”. Durante una de sus conferencias, el médico y máster en nutrición don Lester Ramos Hernández se refirió al gofio de cosco como un alimento muy completo: “tiene una alta cantidad de proteína, además de gran contenido en fibra, útil para la saciedad, el peso, el cáncer de colon y la diverticulitis. Tiene hidratos de carbono, de los buenos, al ser tipo sacarosa, así que los diabéticos los pueden consumir. Pero también contiene ácido palmítico, que no es recomendable tomar en exceso, por lo que se debe consumir con moderación por parte de los enfermos oncológicos. El paciente hipertenso también debe consumirlo con moderación debido a su contenido en sal. Sin embargo, es muy sano para el microbiota intestinal, para mejorar nuestro sistema inmune y tiene muy pocas calorías”. El médico en casa…y en tiempos difíciles.

 

 

Las calles de Fuerteventura

 

¿Cuántas veces nos hemos dirigido hacia una dirección que desconocemos y nos hemos parado a preguntar por la calle en cuestión? Siguiendo las indicaciones, hemos llegado y enseguida olvidamos su nombre a no ser que tengamos que regresar más veces.

En otras ocasiones, son calles familiares, calles de nuestro barrio o simplemente calles que hacen esquina con la nuestra. Las cruzamos casi a diario, las paseamos una y mil veces: al ir a comprar el pan o el periódico, cuando sacamos al perro… ¿Qué significan? ¿A qué persona (en el caso de que sean nombres propios) o a qué producto, artilugio o incluso asociación, gremio u oficio representan? Porque hay calles que rinden homenaje a alguien, pero otras han recibido el nombre de utensilios diversos, aperos de labranza, frutas, artilugios de pesca, productos del campo y todas las variaciones que nos atrevamos a imaginar. Sólo es cuestión de fijarse un poco…

Nosotros estamos desgranando, una a una y aunque no alcancemos a llegar a todas, las calles de la isla de Fuerteventura: nombres que ilustran las avenidas principales de la capital, pero también de los muchos pueblos y rincones habitados de la geografía majorera. Que ustedes callejeen bien, sin prisa, con muchísima salud y, por supuesto, sabiendo por qué se llama así el suelo que pisan.

 

Calle Princesa Guayarmina

 

En todas las islas hay nombres que apelan a las leyendas y muchas de ellas tienen como protagonistas a los jóvenes o no tan jóvenes que las protagonizaron. En el caso de la Princesa Guayarmina, cuyo nombre figura en el callejero de Gran Tarajal, no se trata de ninguna historia inventada, porque Guayarmina existió de verdad y le tocó vivir unos hechos tan trágicos como apasionantes.

Era hija de Tenesor Semidán y de su esposa Abenehara, bautizados ambos en la corte de Castilla, muchos años más tarde, como Fernando Guanarteme (el propio Fernando el Católico fue su padrino, y de él tomó su nombre) y Juana Férnandez. Se cree que tuvo varios hermanos, entre los que se han llegado a conocer los nombres cristianos de Catalina Fernández Guanarteme y Ana Fernández.

En el yacimiento de “Cueva Pintada”, en Gáldar (Gran Canaria) se proyecta un documental que explica muchos detalles de la conquista de esta isla, entre ellos cómo Tenesor Semidán, líder del guanaretemato o reino de Gáldar, tras multitud de sangrientos avatares, prefirió evitar la masacre de su pueblo y pactar la paz con los conquistadores.

Quedaba así sellada definitivamente la “Carta de Calatayud”, (Pacto entre los “Reinos de las Españas y el Reino de Canarias”), que se firmó en esta localidad, que era entonces la capital aragonesa, el 30 de mayo de 1481. La rubricaron el mismo Tenesor Semidán, aceptado por los Reyes Católicos con representante de los Reinos de Canarias y Fernando el Católico, Rey de Aragón, en nombre de los Reinos de las Españas. Tras esta firma, las islas canarias quedaban incorporadas a la Corona española.

Un año más tarde de este primer acuerdo, la propia hija de  Semidán, Guayarmina, que seguía considerándose Reina de Gran Canaria, se unió al líder grancanario Bentejuí y se refugió junto sus seguidores en las cumbres de su isla, un territorio de lo más abrupto y difícil de conquistar desde el que mantuvieron contra viento y marea la resistencia militar frente a Alonso Fernández de Lugo, el Adelantado de los Reyes Católicos en las islas.

 

El 29 de abril de 1483, Tenesor Semidán conversó con Bentejuí y con Guayarmina en la fortaleza de Ansite, muy cerca de la localidad de Santa Lucía de Tijarana y del actual Mirador de la Sorrueda. La princesa accedió a la propuesta de su padre mientras que Bentejuí y el Faycan de Telde (“faycan” era el título del chamán que asesoraba a los guanartemes o reyes grancanarios) se suicidaron según el ritual guanche: despeñándose por un barranco.

Guayarmina se sumó al pacto fijado en la Carta de Calatayud, y ya cristianizada tomó el nombre de Margarita Fernández Guanarteme y se casó con el conquistador extremeño Miguel de Trejo y Carvajal, con el que se quedó a vivir en Gáldar. De este matrimonio nacieron Bernardino de Carvajal, María Carvajal -que lo hizo en 1487 en Castilla durante la estancia de su madre en la corte de los Reyes Católicos-, Alonso González Carvajal y Hernando de Trejo. ​

En 1526, Guayarmina, convertida ya en Margarita, solicitó lo que se conocía como una “información de méritos” para demostrar que era hija de Fernando Guanarteme. En ella mencionaba a su padre y relataba los duros tiempos que le tocó vivir hasta fallecer consumido por su particular lucha por la dignidad del pueblo canario. El expediente se conoce como “información guanartémica” y constituye a día de hoy uno de los documentos más destacados sobre la conquista de las islas.

 

 

Rosario Sanz Vaquero

 

 

 

Calle Manuel Velázquez Cabrera

 

Tiscamanita, un pequeño pueblo eminentemente agrario perteneciente al municipio de Tuineje, en Fuerteventura, tiene el honor de ser la cuna del insigne político Manuel Velázquez Cabrera que nació en el número diez de la calle Justo Évora de esta villa en 1863. La casa, que hoy es de propiedad pública, tiene un patio central con un especiero y una escalera de piedra por el que se accede al sobrado con piso de madera, una biblioteca con numerosos fondos que reunió uno de sus sobrinos tras regresar de la Guerra de África, cocina, varias habitaciones y otros patios traseros.

Huérfano de madre desde los tres años, Manuel recibió instrucción primaria en las escuelas de Antigua y Tuineje, de las que su vivienda distaba apenas cinco kilómetros. También estudiaría en la escuela del municipio de Pájara.

La situación económica y social estaba condicionada por el sistema de influencias de unas pocas familias adineradas y su propio padre, ante la mala marcha de los negocios, se vio obligado a emigrar a Uruguay. A los doce años, Manuel y su hermano viajaron para encontrarse con él, pero desgraciadamente la muerte le sorprendió antes de ver llegar a sus hijos.

Huérfanos y solos en aquellas tierras, los hermanos Velázquez Cabrera tuvieron que hacerse fuertes y capear el temporal que se les vino encima, cosa que consiguieron con mucho esfuerzo.

Manuel regresó a Las Palmas para ingresar en el Seminario Diocesano, donde permaneció cinco años. Posteriormente concluyó sus estudios de Bachillerato en el Instituto de La Laguna y finalizó su carrera de Derecho en Madrid.

Sus ideales se forjaron tras analizar la Historia del Derecho del Régimen Local de Canarias, a lo que se unió su enorme capacidad de observación del momento que le tocó vivir y en el que las algunas islas mayores ejercían de imán del progreso y la riqueza mientras el resto del archipiélago se quedaba rezagado.

Decidido a cambiar el curso de la Historia, recabó apoyos por toda la Península e hizo numerosos viajes para difundir sus ideas. Finalmente, realizó con enorme esfuerzo el que se conocería como Plebiscito de las Islas Menores, que acabó cuajando en la sede de los poderes centrales de Madrid hasta dar lugar la Ley de Cabildos de 1912.

Hoy día tiene una escultura en la misma puerta del Cabildo majorero, a tan sólo unos metros de otra estatua dedicada a Unamuno, a quien el visitante a veces confunde por no ser una figura tan reconocida fuera de Canarias. Basta acercarse para comprobar que se trata de otro personaje ilustre, en este caso un majorero a quien todo el archipiélago le debe la iniciativa de que cada isla tuviese su propio centro de Gobierno tal y como de alguna manera se había hecho durante miles de años.

 

Rosario Sanz Vaquero

 

 

Calle Arístides Fernández Morán

 

Paseamos por las calles, hacemos gestiones en ellas, quedamos con los amigos, enviamos cartas… Y no siempre sabemos el significado de esas placas que algún día fueron colocadas para señalar que algo debe permanecer vivo en la memoria.  

Este mes nos vamos a referir a una calle que lleva un nombre muy conocido en toda Fuerteventura: la calle dedicada a don Arístides Hernández Morán, que ha fallecido hace unas semanas dejando tras sí una trayectoria profesional impecable y un recuerdo y un afecto especial en las personas de la isla.

 

 

Calle Doctor Arístides Fernández Morán

 

Don Arístides Hernández Morán nos acaba de dejar y no es exagerado afirmar que en Fuerteventura ha provocado un pesar sincero, porque no en balde era una institución para los isleños. Se le conocía  familiar y cariñosamente como “don Arístides” porque “don Arístides” no había más que uno: el médico que había tratado desde hacía muchísimos años a toda su familia.  

Se ha ido en un tiempo difícil que no permite homenajes multitudinarios, pero su recuerdo permanecerá vivo generación tras generación porque no en balde en Puerto del Rosario hay un Centro de Salud que lleva su nombre y también se le ha homenajeado con una calle muy cercana al Hospital Insular Nuestra Señora de la Peña.

Don Arístides Hernández Morán nació en Santa Cruz de Tenerife el 17 de abril de 1926. Obtuvo el título de Bachiller por la Universidad de La Laguna en 1945 y desde 1946 hasta 1952 desarrolló los estudios de la Licenciatura en Medicina y Cirugía en la Universidad de Cádiz. En años sucesivos consiguió también los títulos de médico  especialista en Medicina Interna, Dermatología y Medicina Familiar y Comunitaria. También se diplomó en Medicina Geriátrica y  fue médico examinador aéreo del Centro de Investigación de Medicina Aeronáutica.

En 1953 llegó a Fuerteventura como parte del servicio militar y años más tarde se estableció en Puerto del Rosario, donde ha vivido siempre. Influyó decisivamente en esta decisión de quedarse el hecho de contraer matrimonio con doña África, una majorera fallecida hace unos años a la que todo el mundo recuerda por su temperamento activo, su simpatía y su abnegación a la hora de colaborar en las tareas de su marido.

Inquieto investigador y preocupado por los problemas de la isla, ya desde 1954 realizó un mapa sanitario de Fuerteventura determinando los focos de las fiebres tíficas y paratíficas que por entonces asolaban la isla, poniendo en marcha a partir de entonces una Campaña de Quimioprofilaxis que permitió erradicar la tuberculosis de Fuerteventura.

Ejerció prácticamente en todos los municipios de la isla y con su moto (ya que con un coche no se podía desplazar por los barrancos) llevó el auxilio a muchas familias en unos momentos en los que apenas tenían dinero para medicinas. Todo esto lo describe minuciosamente en su libro “Recuerdos de un médico rural”, de lectura obligada para todo aquel que se quiera adentrar en las entrañas de la isla durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Entre sus muchas distinciones, don Arístides es Hijo Adoptivo de Fuerteventura y de Puerto del Rosario. Hace unas semanas fue propuesto por el Ayuntamiento capitalino para la Medalla del Mérito al Trabajo, distinción que aún puede concederle el Gobierno de la nación a título póstumo. Hace un año, la emisora Onda Fuerteventura le hizo “Majorero del Año”, distinción que reconoció con su modestia de siempre mientras el auditorio al completo, puesto en pie, le vitoreó durante varios minutos.

Don Arístides se fue satisfecho de su vida ya que obtuvo casi todos los reconocimientos posibles que otorga Fuerteventura. Y aunque no tuvo hijos, estaba orgulloso de contar con el cariño de los vecinos que pasaban a visitarle de vez en cuando y los que acudían a su consultorio altruista en su casa de Puerto del Rosario.

Durante sus últimos años se esforzó por exigir una mejora de la situación sanitaria en la isla hasta el punto de hacer a pie, a pesar de su avanzada edad, un tramo de la última manifestación que se organizó en la capital con este motivo. Su último deseo, que repetía en entrevistas y a todo el que quisiera escucharle, era ver un hospital geriátrico para atender específicamente a los ancianos de Fuerteventura. Ojalá su deseo se haga realidad algún día.

 

Calle León y Castillo

 

Calle León y Castillo

 

La encontramos en Puerto del Rosario, en Gran Tarajal y en Tuineje, en lo que respecta a Fuerteventura, pero también está presente, entre otros lugares, en Las Palmas, Agaete, Firgas, Arucas, Ingenio, Telde, Valleseco y Valsequillo (Gran Canaria), en Arrecife y Teguise (Lanzarote) y un largo etcétera.

La familia León y Castillo, originaria de Telde, cuenta con un museo en el conjunto histórico de San Juan de su ciudad natal. Es un edificio típico canario que rinde homenaje a dos de sus figuras más destacadas: Fernando León y Castillo, primer marqués del Muni, y su hermano Juan León y Castillo, ingeniero artífice de diversas construcciones emblemáticas que salpican las islas.

Fernando (1842-1918), distinguido a título póstumo en 1992 como Hijo Predilecto de la Isla de Gran Canaria, fue un insigne político y diplomático, de talente liberal y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Tras estudiar Derecho en Madrid fue gobernador civil de Granada y Valencia, elegido diputado a Cortes por Gran Canaria y más tarde senador por toda la provincia. Desempeñó también el cargo de ministro de Ultramar (1881-1883) y promovió diversas obras de vital importancia, como el Puerto de la Luz de las Palmas de Gran Canaria o el faro de Maspalomas, en las que participó de manera relevante su hermano Juan.

Los canarios le debían también la creación de los primeros correos interinsulares, también llamados “correíllos”, pequeños barcos de vapor que conectaban entre sí las islas canarias y fueron fundamentales tanto para el transporte de personas como el de mercancías.

Pero si importante fue su labor política, diplomática y administrativa, no le quedó a la zaga su hermano mayor, Juan León y Castillo (1834-1912), quien estudió en Madrid en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. De regreso al archipiélago en 1858, trabajó a las órdenes de Clavijo y Pou, por entonces ingeniero jefe.

Formó parte también del Partido Liberal, como su hermano, y ambos se embarcaron en el proyecto del Puerto de la Luz, aprobado en 1862 siendo Fernando ministro de Ultramar durante el gobierno de Sagasta.

Entre sus obras más emblemáticas, se pueden destacar el lazareto de Gando (concebido en principio como hospital para el control de epidemias, aunque no llegó a utilizarse para este fin), varios faros costeros (destaca de forma especial el de Maspalomas) e importantes infraestructuras viarias que contribuyeron a conectar la isla de Gran Canaria de manera eficiente.

En Fuerteventura podemos recordarle por el Faro de Punta Martiño, en la isla de Lobos. Comenzó a construirse en 1860 bajo un diseño suyo y tras arduas labores de construcción se iluminó por primera vez el 30 de julio de 1865, alimentado para la ocasión con aceite de oliva y con un alcance de 9 millas náuticas.

 

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