Calle El Cosco

 

En tiempos “ruines”, como se los calificaba para contraponerlos a los de prosperidad, la población majorera se vio obligada a azuzar la imaginación para alimentarse del mejor modo posible. Fue entonces cuando las plantas “barrilleras” canarias, pertenecientes a la especie Aizoaceae, comenzaron a tomar importancia. Puede que ya fuesen uno de los principales alimentos de los aborígenes, pero su consumo había caído casi en olvido porque se había reservado para las etapas de más penuria.

Esta especie particular del mundo vegetal, que tiene como ejemplares más conocidos la barrilla y el cosco, retoma su protagonismo en tiempos de hambruna. Crece cerca del mar, en terrenos bajos y más bien salados, y su recolección no presenta dificultades. Su denominación botánica procede del griego y viene a significar “flor del mediodía” en consideración sus flores blancas y un poco rosadas, que pueden llegar a medir hasta tres centímetros de diámetro. Las papilas acuosas que muchas veces salpican sus hojas hizo que los griegos también las conocieran como “cristal” y la variedad llamada cosco se distingue de las demás por su coloración rojiza oscura muy intensa.

Los campesinos majoreros le daban varios usos. A veces la quemaban y compactaban su ceniza en una especie de piedras que enviaban a Inglaterra y a otras partes de Europa, donde se utilizaba para fabricar jabón.

Pero era mucho el cosco recolectado para la alimentación, y seguía un proceso más complejo. Se recolectaba en verano, coincidiendo con la temporada de la pesca, el marisqueo y la recogida de la sal y tras secarse y teniendo en cuenta la escasez de agua de la isla, se llevaba a los “lavaderos”, que eran lajas inclinadas en cuyo extremo había una poza no muy profunda. Al removerlo se desprendían unas semillas pequeñas y negruzcas que más tarde se convertirían en gofio después de tostarlas y pasarlas por el molino de mano, un utensilio que no solía faltar en ninguna casa.

El gofio de cosco se denominaba a veces “gofio de vidrio” y se tomaba según el modo tradicional: a cucharadas (sirviéndose de trozos de cebolla, a modo de cuenco) o como acompañamiento de leche, pescado o lo que hubiera disponible en aquel momento. Su consumo era meramente familiar, bien almacenado duraba bastantes meses y sólo en contadas ocasiones se intercambiaba por otros productos.

Algunos ancianos describen su sabor entre salado y amargo. Muchos prefieren no recordarlo por no rememorar tiempos aciagos como los que en Fuerteventura siguieron a las dos Guerras Mundiales, la Guerra Civil española o los intervalos de sequía persistente. Los más benevolentes comentan que no estaba tan malo…

Viajeros del siglo XIX como Rene Verneau, en su libro Cinco años de estancia en las Islas Canarias” hacía referencia al gofio de cosco al hablar de su camellero: “Lo único que poseía era su dromedario y con él intentaba alimentar a su familia. Con frecuencia tenía que reemplazar el gofio de trigo por el de cosco, pero no se lamentaba mientras pudiese dar de comer a  sus hijos. …Si no pierde el tiempo, un hombre puede recoger alrededor de dos kilos en un día. … es el único alimento, durante meses, de cientos de seres humanos”.

En 2019 se celebraron en la isla unas jornadas bautizadas con el pintoresco nombre de “Potaje científico”. Durante una de sus conferencias, el médico y máster en nutrición don Lester Ramos Hernández se refirió al gofio de cosco como un alimento muy completo: “tiene una alta cantidad de proteína, además de gran contenido en fibra, útil para la saciedad, el peso, el cáncer de colon y la diverticulitis. Tiene hidratos de carbono, de los buenos, al ser tipo sacarosa, así que los diabéticos los pueden consumir. Pero también contiene ácido palmítico, que no es recomendable tomar en exceso, por lo que se debe consumir con moderación por parte de los enfermos oncológicos. El paciente hipertenso también debe consumirlo con moderación debido a su contenido en sal. Sin embargo, es muy sano para el microbiota intestinal, para mejorar nuestro sistema inmune y tiene muy pocas calorías”. El médico en casa…y en tiempos difíciles.

 

 

El Ayuntamiento de Tuineje decidió hace años rendir homenaje a los primeros maestros de la zona, en concreto a los que ejercieron en Gran Tarajal. Así podemos ver plazas que recuerdan a “Don Antonio el maestro”, “Doña Josefina la maestra” o “don Luis el maestro», cuya figura vamos a reseñar a continuación.

 

Calle Don Luis el maestro

 

Don Luis Cabrera, conocido por todos como don Luis, el maestro, es una figura significativa de lo que supuso para Gran Tarajal una hornada de profesores excepcionales que supieron transferir sus conocimientos y su formación personal y humanística a centenares de alumnos.

Tal es el caso de los recordados entrañablemente en sendas placas de la localidad, como don Antonio o doña Josefina. También don Luis dejó su impronta personal entre muchos de los alumnos de Gran Tarajal, algunos de los cuales todavía pasean hoy por sus calles. Le recuerdan como a un hombre afable y recto que les impartió una excelente educación que abarcaba todas las materias, de las que era experto.

Nació en el emblemático municipio grancanario de Teror en el seno de una familia bastante humilde. Su madre, que quedó muy pronto a cargo de una numerosa prole, consiguió que entrase como monaguillo en la Basílica de Nuestra Señora del Pino, Patrona de la diócesis de Canarias. Allí, el párroco que le daba clase se percató enseguida de su inteligencia y afán por conocer y decidió ayudarle para ingresar en el Seminario de Las Palmas. Aquella era siempre una solución para que muchachos con pocas posibilidades de costearse estudios superiores pudiesen acceder a unos conocimientos tan completos como los que proporcionaba la Iglesia. Algunos descubrían años más tarde su escasa vocación religiosa y abandonaban este camino, pero aquella formación permitió a muchos jóvenes llegar a ser excelentes sacerdotes.

Don Luis Cabrera pertenecía al primer grupo y al acabar el bachillerato fue reclutado por las tropas de Franco para participar en la guerra civil durante la cual combatió en los frentes de Andalucía. Acabada la contienda, obtuvo el título de maestro y comenzó dando clases en la localidad grancanaria de Agaete. Más tarde fue destinado a Toto, en Fuerteventura, un paraje que siempre se ha caracterizado por su agricultura floreciente, pero las circunstancias hicieron que una riada destruyera la escuela en la que trabajaba. Recaló en Gran Tarajal, que ya por entonces despuntaba como una de las más pujantes localidades majoreras, y comenzó impartiendo sus clases en el antiguo Bar Playa, que ya no existe, y hasta en un almacén de tomates.

Don Luis Cabrera es recordado por los vecinos más mayores como un profesor excepcional que no se limitaba a enseñar lo básico sino que actualizaba constantemente sus conocimientos, lo que sin duda contribuyó a que sus alumnos fueran considerados de los mejor preparados. Creo una Academia para que pudieran obtener el título oficial de Bachillerato y cuando iban a examinarse a Puerto del Rosario los intercalaban entre el resto de alumnos al considerarlos, en general, más aventajados. De hecho, los estudiantes de Gran Tarajal fueron de los primeros universitarios que dejaron Fuerteventura para proseguir sus carreras en la Universidad de Las Palmas.

Por aquel entonces, había en esta zona de Tuineje hasta nueve escuelas para acoger a los muchos alumnos de la zona. Incluso a los de las casas de Las Playitas (entonces un reducto marinero, convertido hoy en un importante foco turístico) se los recogía a diario para que pudiesen acudir a estudiar. Don Luis consideró entonces la idea de que era mejor unificar todas las escuelas en una sola y se puso de acuerdo con el inspector de educación, don Cristóbal García Blairzy, cuyo nombre lleva hoy un colegio por ser él quien consiguió la reagrupación.

Compatibilizó durante muchos años las labores docentes en Gran Tarajal con la dirección de las escuelas de la zona centro y sur de la isla (desde Antigua a Morro Jable). A su casa acudían con frecuencia muchos maestros que departían con don Luis y su esposa en un ambiente de familiaridad absoluta.

Una vez jubilado, volvió a su Gran Canaria natal y se instaló en el municipio de Santa Brígida para ayudar en el cuidado de su cuñado. Posteriormente un familiar le cedió una casa en Teror, donde falleció en 1982 rodeado del cariño de sus familiares y amigos.

 Gran Tarajal rinde en algunas de sus calles un significativo homenaje a personas que en su día fueron muy conocidos en la localidad contribuyendo a forjar parte de su historia. Es el caso de las que se han rotulado como “Juan el patrón”, “Francisco el estelero” o “Pepe el carretero”, a la que dedicamos este capítulo de las calles majoreras.

 

 

Calle Pepe el carretero

 

Situada al final del barrio alto de Gran Tarajal, casi al pie de la montaña, la calle “Pepe el carretero” nos recuerda la trayectoria de José Rodríguez González. Fue un hombre polifacético que vivió en esta localidad gran parte de su vida, desempeñando diversas tareas con las que consiguió sacar adelante a una familia numerosa compuesta por su mujer y siete hijos.

Nació en tierras del municipio de La Oliva, bastante más al norte de la isla majorera, en marzo de 1916. Tras una breve estancia en Las Palmas regresó a Fuerteventura y se casó con una joven de Tiscamanita. Su casa, que era la única que en aquella época se levantaba en la zona alta de Gran Tarajal, estaba muy cerca de un polvorín donde se almacenaba la dinamita que se utilizaba para algunas obras que precisaban perforar las rocas. De hecho, a su calle se la conocía desde siempre como la del polvorín

La dinamita llegaba en barco de Las Palmas y Pepe el carretero era la persona autorizada para vendérsela a todos aquellos que le mostraran un justificante sellado por la Guardia Civil. Así se evitaba que fuese utilizada para otros fines y todo quedaba bajo control.

Paralelamente a esta labor, comenzó a trabajar por cuenta ajena repartiendo agua con un carro y haciendo diversos encargos. La recogida se hacía en la finca llamada “Casa Mille”, donde había un pozo que daba agua abundante y de muy buena calidad. Después consiguió trabajar de manera autónoma y cuando ya el suministro de agua estaba más controlado (la transportaban camiones especializados en bidones galvanizados), Pepe el carretero sólo siguió llevando agua a don Cosme Ortega Ávila, conocido en el pueblo como “Cosmito”, dejando el resto de la carga para consumo propio.

Finalizada la etapa como repartidor de agua, se volcó por completo en su trabajo de transportista, recogiendo con su carro todo tipo de mercancías para llevarlas al puerto de Gran Tarajal, donde embarcaban hacia Gran Canaria con destino, a veces, a otras islas e incluso hasta la Península. A su vez, repartía por la localidad los encargos que le realizaban. En esta época coincidió trabajando en el mismo sector con Juan el patrón, al que también en Gran Tarajal han dedicado una calle. Ambos pilotaban la mayor parte del trasiego de personas o mercancías que se efectuaban en aquella época.

Pasaron los años y evolucionaron las dinámicas del transporte, que quedaron en manos de empresas más grandes. Pepe el carretero fue contratado entonces por la hija de don Manuel González Ramírez, el dueño de gran parte de las tierras de la parte alta de la localidad. Allí ejerció su última labor, que consistió en llevar la granja avícola instalada muy cerca de su casa hasta el momento de su jubilación.

Falleció el once de noviembre de 1986, a los setenta años de edad, dejando tras sí una amplísima familia y un entrañable recuerdo.

 

 


Calle Tamasite

 

El Ayuntamiento de Tuineje lleva tiempo homenajeando a personas que fueron significativas en la vida local. Sus nombres en las calles, acompañadas de una placa explicativa, refleja de muchas maneras el reconocimiento de sus vecinos. Existe una calle que conmemora la hazaña histórica que en 1740 vivió la localidad, un enfrentamiento con los ingleses que acabó bien para los majoreros: la batalla de Tamasite.

 

 

Calle Tamasite

 

La calle Tamasite no es larga, como no lo son la mayoría de las calles de Tuineje. Pero todo en la localidad parece recordar un hecho histórico singular que se conmemora cada año con una fiesta popular que recrea la famosa batalla de Tamasite, que se llama así porque tuvo lugar al pie de la montaña del mismo nombre.

En 1739 Inglaterra declaró la guerra a España atacando sus enclaves coloniales con el apoyo de Portugal. Los navíos apresados eran llevados a la isla de Madeira para ser vendidos. Parte de esta ofensiva se centró en las islas canarias, sin ejército regular hasta prácticamente el siglo XIX y con unas playas arenosas en la que resultaba sencillo desembarcar al carecer los territorios de estructuras de vigilancia y defensa.

Don Antonio de Bethencourt dejó constancia en el Archivo General de Simancas de los ataques de corsarios ingleses sufridos por Fuerteventura. Estas anotaciones remiten al anuncio hecho en junio de 1740 en algunos periódicos de Boston informando de que se estaba equipando una corbeta “grande y de calidad, para ir en busca de los españoles”. Se la llamó Vernon, en honor al almirante inglés, y tenía capacidad para llevar catorce cañones y una tripulación de 75 hombres. Estaba capitaneada por un tal Willes, y los corsarios ingleses eran jóvenes y veteranos de guerra que se enrolaban en los puertos americanos para abastecer con lo sustraído a la Colonia inglesa en el nuevo continente.

El 13 de octubre de 1740, unos cincuenta hombres desembarcaron en la zona de Gran Tarajal y desvalijaron la zona de Tuineje. Liderados por el teniente coronel Sánchez Umpierrez, que era la máxima autoridad en la isla (al no haber ejército profesional, se formaban patrullas locales reclutando varones en edad de luchar), los majoreros los hicieron frente con palos y piedras. En la batalla, conocida como de “El Cuchillete”, perdieron la vida 33 de los 55 corsarios que habían desembarcado y los demás fueron capturados y llevados a Tenerife. Por la parte majorera, sólo hubo tres fallecidos a los que se recuerda con orgullo: Agustín de Armas, Diego Chrisóstomo y Juan de Oliva.

Esta refriega, en la que se incautaron bastantes armas muy novedosas en la isla, sirvió a todos de aviso ante posibles desembarcos. No se equivocaban porque un mes más tarde los piratas volvieron a repetir la incursión. Los que desembarcaron el 24 de noviembre procedían del barco Sant Andreu y estaban al mando de un personaje conocido como Davidson. El buque se construyó en Jamaica y había partido el 16 de junio de ese mismo año desde el puerto de Newport en Rhode Islad con 75 hombres de los que sólo 55 desembarcaron en Gran Tarajal. Tras recorrer catorce kilómetros llegaron de nuevo a Tuineje con intención de arrasarlo. Lo encontraron vacío y los majoreros les interceptaron en un descampado cercano, en una zona conocida también hoy como Llano Florido, a los mismos pies de la montaña de Tamasite. Esta vez tenían ya una estrategia diseñada por el mismo teniente coronel Sánchez Umpierrez, al que también se han dedicado calles en varias localidades de la isla.

Pertrechados de palos, piedras y algunas armas requisadas el anterior combate, se enfrentaron a los ingleses poniendo a los camellos de que disponían en primera línea de fuego con el fin de mermar la munición de sus oponentes. Luego se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo en el que los majoreros estaban muy bien entrenados ya que algunos de sus juegos ancestrales, como la lucha canaria y los deportes del palo y el garrote, eran ejercicios que exigían mucha fuerza y habilidad. Así consiguieron acabar con todos los invasores, los corsarios no volvieron a acercarse a las costas de Fuerteventura y a los camellos se les consideró desde aquel momento como soldados y héroes de guerra. Es sencillo percatarse de ello. La escultura de un libro abierto que conmemora la hazaña, un cañón y un camello a las puertas del mismo templo de San Miguel Arcángel (la iglesia de la localidad donde una pintura ilustra la batalla) se lo recuerdan a todos los visitantes. Los majoreros lo conmemoran cada trece de octubre, y desde hace infinidad de años, con una celebración multitudinaria que recibe el nombre de Fiestas Juradas de San Miguel Arcángel y ha sido reconocida como Bien de Interés Cultural (BIC) y Bien de Interés Turístico Regional y Nacional. Durante las mismas, los vecinos participan y recrean la batalla de Tamasite (desembarco en Gran Tarajal incluido) ataviados con trajes de la época.

Los ataques a las islas canarias finalizaron en 1797, con la derrota de Nelson en Santa Cruz de Tenerife. En lo que respecta a Fuerteventura, el temor a nuevas incursiones de piratas hicieron precisa la llegada el ingeniero militar Claudio de Lila y así  se aceleró la construcción de las torres de Caleta de Fuste, Tararalejo y Tostón.

 

Rosario Sanz Vaquero

 

 

Calle Amanay

 

El Ayuntamiento de Tuineje decidió hace unos años colocar una plaza debajo de los letreros de algunas de sus calles con denominación más significativa. Se trataba, como es lógico, de acercar a los transeúntes a aquellos nombres que no habían sido elegidos al azar sino que respondían una razón específica: homenajear o recordar a una persona, a un producto, a una zona específica del litoral majorero o a una voz rescatada del lenguaje de los guanches que se fue transmitiendo a través de los siglos.

En esta línea podemos encontrar que Gran Tarajal rinde homenaje también a “Don Antonio, el Maestro”  a “Juan, el Patrón”, o a “Pepe, el Carretero” a cuyos personajes nos iremos refiriendo en sucesivas publicaciones. Hoy vamos a acercarnos a la calle Amanay.

 

 

 

Calle Amanay

 

 

 

 

En lenguaje prehispánico, Amanay significaba “agua que da vida” y nos remite a una playa de singular belleza al pie de unas montañas de las que brotaba un agua dulce que los aborígenes majoreros recogían para beber y cocinar. Podemos encontrarla al norte de la zona conocida como La Pared y no muy lejos y bastante enfrente del Mirador Astronómico de Sicasumbre.

En las cercanías se localiza el barranco del mismo nombre, en lo que hoy es una zona bastante deshabitada de la parte occidental del municipio de Pájara, de una orografía muy compleja y accidentada que presenta uno de los estados evolutivos más erosionados de todo el archipiélago canario. Casi siempre se dedicó al pastoreo y en el último tercio del siglo XX fue campo de tiro militar mientras la Legión tuvo su sede en Fuerteventura.

 

El topónimo Amanay, que da nombre a esta calle ubicada en pleno centro de Gran Tarajal, aparece por vez primera en el mapa que el ingeniero italiano Leonardo Torriani dibujó de la isla de Fuerteventura a finales del siglo XVI y al hacer referencia a uno de los pocos puertos practicables en la costa oeste de la isla, es citado mucho en la documentación antigua.

Con la misma ortografía actual de Amanay aparece en el exterior del mapa que Briçuela y Casola hicieron de la isla en el primer tercio del siglo XVII.

Años más tarde, en un informe del alcalde mayor de Fuerteventura de 1719 se decía, con la ortografía propia de la época, tan distinta de la de hoy,  que "el puerto de Amanai solo se frecuenta de varcos de pesca que allí llegan, y en él no ai trajín ni peligro considerable por la gran distancia de los pueblos".

En la descripción de puertos y playas de la isla que hace a mitad del siglo XVIII Antonio Riviere se dice que en la caleta nombrada Manay "ai agua, manantial y salubre, no ay poblazión, y es desierta". Como Amanay vuelve a nombrarlo este mismo autor en la descripción de las atalayas desde las que se vigilaba la isla entera "día y de noche con horden de comunicar las novedades que descubran", y como Punta de Amanaí lo escribe en el mapa que él mismo dibujó de la isla de Fuerteventura.

También aparece reseñado como puerto de Amanay en el mapa de Quesada y Chaves, que data de la segunda mitad del XVIII.

 

Escrito de maneras diferentes, pero muy similares, es totalmente reconocible en la etimología bereber y su significado vendría a describir un lugar alto desde el que se domina una amplia perspectiva, lo que deja entrever que debió ser también una especie de atalaya defensiva para proteger la costa oeste de Fuerteventura. Y en efecto, la región denominada Amanay está en el extremo occidental de la isla y es una geografía de muchas alturas panorámicas. Incluso en la costa en que desemboca el barranco hay una Cresta de Amanay que justificaría ese significado. Habría que añadirle esas pequeñas cumbres que derramaban sobre los majoreros un agua codiciada en una isla que estaba abocada a las frecuentes sequías. Un lugar privilegiado, en definitiva, digno de recordarse en el callejero de Fuerteventura.

 

 

Rosario Sanz Vaquero

 

Calle de la Barrilla

 

En el barrio de Los Pozos, en la capital de Fuerteventura, y junto a calles como Puerto de Cabras o Calle del Cosco, encontramos una que lleva el nombre de Calle de la Barrilla. Hace referencia a una planta conocida técnicamente como “salsola kali”, es originaria de Sudáfrica y está extendida por todo el mundo habiendo procurado en tiempos remotos una multitud de beneficios que hoy nos resultan difíciles de calibrar. Se presenta como un vegetal humilde que crece en terrenos más bien pobres y de secano, pero de su combustión se extraía un elemento fundamental para elaborar, entre otras cosas, el jabón.

En Canarias proliferan de manera generosa sobre todo en el litoral costero (franja de vegetación que abarca los primeros cincuenta metros de altitud). Estamos hablando de un organismo halófilo, lo que significa que se desarrolla perfectamente en ambientes con abundancia de sales, lo que hace referencia tanto a las que impregnan la tierra como a las que flotan en el aire, así que qué mejor para crecer que hacerlo al borde del mar, en un entorno tan rico de este elemento como son las islas Canarias.

Para defenderse del exceso de sal, este tipo de plantas utilizan dos mecanismos. Uno es el de la suculencia, que consiste en llenarse de agua volviéndose carnosas al equilibrar de esta manera la concentración de sales. Son ese tipo de plantas que se conocen como “suculentas” y que nos llaman la atención porque parecen estar siempre hinchadas. El otro mecanismo de protección consiste en expulsar el exceso de sal por unas glándulas que se encuentran en las hojas. Es como si, de alguna manera, las plantas sudasen y a veces podemos verlo en forma de pequeñas gotas grisáceas que se acumulan en su superficie.

Viven a ras del suelo para evitar ser dañadas por las corrientes de aire y sus ramas tienen forma de rombo o espátula. Al principio son verdes, pero con el tiempo se vuelven rojizas y los cristales con los que se adornan hacen que en algunos lugares se las conozca como “yerba de vidrio”.

Una vez recogidas y quemadas, se obtenía de ellas una especie de ceniza que contenía una gran acumulación de sales alcalinas de las que se extraía la sosa. Esta se exportaba desde el archipiélago hasta Europa, y era muy apreciada sobre todo en Inglaterra, donde servía para elaborar los jabones que empezaban a proliferar como artículos de tocador en las casas adineradas. Después, sería sustituida por otros productos químicos que abaratarían su coste y contribuirían a popularizar las nuevas costumbres higiénicas.

Al parecer, se necesitaban quemar dos toneladas de vegetales secos, en una hoguera continuada que debía durar casi tres días, para obtener unos cincuenta kilos de piedra de sosa. Se vendía muy bien pues, además de para la elaboración de jabón, servía como ingrediente principal para la fabricación de vidrio y también para blanquear artículos de origen textil, como el papel y la ropa. La ceniza de la barrilla contenía una gran cantidad de ácido oxálico. Mezclada con cal y arena se obtenía vidrio. Barrilla más aceite era igual a jabón. También servía para preparar una mezcla en la que se mantenían sumergidas las aceitunas, debidamente cortadas, hasta que perdieron su sabor amargo y se hicieran comestibles.

Como colofón a sus numerosas utilidades, en épocas de penuria y tanto en Fuerteventura como en Lanzarote sus semillas se recogían y se tostaban para convertirse después en una especie de gofio. Valiosa y modesta planta, la barrilla, y digna de figurar en los callejeros de la isla junto a nombres más célebres y conocidos.

Plazoleta Lázaro Rugama Nieves

 Al Ayuntamiento de Puerto del Rosario se accede por una pequeña plaza que rinde homenaje a don  Lázaro Rugama Nieves, primer alcalde del Consistorio que se constituyó el 1 de febrero de 1835, asistiendo como secretario el chicharrero Juan Pedro de Alba. En ella también se puede contemplar el conjunto escultórico del que es autor don Emiliano G. Hernández, compuesto por varias cabras en homenaje a la anterior denominación de la capital majorera. El historiador don Francisco Javier Cerdeña Armas nos permite acercarnos a esta figura señera que nació en 1786 en La Orotava (Tenerife) y fue edil del Ayuntamiento capitalino hasta el año 1948. Don Lázaro Rugama Nieves era hijo de don Juan Francisco Rugama Castañeda, natural de Escalante (Cantabria), quien contrajo matrimonio en Tenerife con doña Isabel de Las Nieves Arbelo. De esta unión nacieron varios hijos y Lázaro llegó a Fuerteventura a finales del siglo XVIII, junto a cincos de sus hermanos (Martín, Miguel, Francisco, Ángel y Diego). Todos ellos ejercían funciones recaudatorias para el Obispado, del que Lázaro era administrador subalterno en la isla, ejerciendo también como capellán su hermano Miguel. Don Juan Francisco Rugama Castañeda se estableció hacia 1700 en el municipio de Casillas del Ángel, promoviendo junto a Miguel Blas Vázquez la que sería iglesia de la localidad. Tal fue su influencia que el escudo de armas de la familia Rugama se encuentra grabado en piedra en este templo. Lázaro fue también apoderado de las casas comerciales de La Orotava, en Tenerife, su localidad natal, pero fijó su residencia en Puerto Cabras, que pasó a denominarse Puerto del Rosario a partir de 1956. Su casa, que hoy ya no existe, estaba en la calle León y Castillo. Pero lo que quizá más fama dio a la familia fue la casona y la finca solariega de los Rugama, ejemplo de la arquitectura señorial rural de aquellos años. Se ubicó en Casillas del Ángel y hoy es un conocido restaurante. El que fue primer alcalde de Puerto del Rosario siempre se mostró muy receptivo a los problemas de sus vecinos. De hecho, promovió la construcción de su parroquia, dedicada a Nuestra Señora del Rosario, lo que sin duda acabaría influyendo en la futura denominación de la capital majorera. El templo se inauguró bajo su mandato, a finales de enero de1906 y poco después tuvo el honor de ser visitado por el entonces ministro de Marina y por el propio Rey Alfonso XIII.

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